El cine que me gusta
viernes 5 de febrero de 2010
Invictus
Un punto de inflexión de este desarrollo se encuentra en el momento en el que el equipo de rugby llega a un barrio marginal para enseñar el juego a los niños más pobres, una escena de un extraño aire documental pero especialmente bella, y ello a pesar de padecer el edulcoramiento presente en otros (muchos) momentos no tan afortunados. Y es que es Invictus un film donde Clint Eastwood, siendo un especialista en esta labor, no ha sido lo suficientemente capaz de atenuar los rasgos de film "de productor" que llevaba asociados el proyecto. Si bien salva la propuesta de ser un mero vehículo para lucimiento de sus actores, sobre todo quienes han trabajado a conciencia su acento sudafricano para regalar una interpretación "de Oscar", Eastwood cede ante la idea de utilizar ñoñas canciones como subrayado dramático en los momentos menos oportunos, al tiempo que aplica a la última parte del film, la final de la Copa del Mundo de Rugby entre las selecciones de Sudáfrica y Nueva Zelanda, una espectacularidad expositiva que hace un flaco favor al ritmo de la película: si bien en este tramo queda reflejado con bastante realismo cómo un país entero puede paralizarse ante un evento deportivo, el abuso del slow-motion durante las últimas jugadas del partido agota la paciencia de cualquiera.
'Invictus' - Clint Eastwood - 2009 [ficha técnica] ... leer más
sábado 30 de enero de 2010
Lo mejor de 2009
Mis favoritas:
- Anticristo
- El luchador
- Still Walking
- S-21, la máquina roja de matar
- El vuelo del globo rojo
- Donde viven los monstruos
- Déjame entrar
- Paranoid Park
- Up
- El curioso caso de Benjamin Button
- Españolas
- Extranjeras
- Favoritas:
- Paranoid Park
- Un cuento de Navidad
- Malditos bastardos
- Gran Torino Still Walking Yuki & Nina
- Los límites del control
Vals con Bashir - El vuelo del globo rojo
- Los abrazos rotos
- Singularidades de una chica rubia
- La clase Liverpool Enemigos públicos
- Adventureland
- Anticristo
- Let's get Lost
- S-21: La máquina roja de matar
- Mi vecino Totoro
- El curioso caso de Benjamin Button
- Invisibles:
- Favoritas
- Malditos bastardos
- Un cuento de Navidad
- Paranoid Park
- Gran Torino
- Anticristo
Ponyo en el acantilado - Déjame entrar
- Up
- El curioso caso de Benjamin Button
El luchador
Enemigos públicos
Vals con Bashir - El vuelo del globo rojo
Los mundos de Coraline
Still Walking - La clase
- Los límites del control
Yuki & Nina
- Arrástrame al infierno
Celda 211
Liverpool
- Sobrevaloradas
- Malditos bastardos
- Déjame entrar
- Paranoid Park
- Still Walking
- Un cuento de Navidad
- La clase
- El curioso caso de Benjamin Button
- Gran Torino
- Up
- Los límites del control
- Adventureland
- S-21, la máquina roja de matar
- Vals con Bashir
- Los mundos de Coraline
- Los condenados
- Moon
- Génova
- Secret Sunshine
- Import/Export
- Celda 211
- Resacón en Las Vegas
- El vuelo del globo rojo
- Enemigos públicos
- Distrito 9
- Yuki & Nina
- Un profeta
- En tierra hostil
35 rhums - La cinta blanca
- Déjame entrar
- Up
White Material - Bright Star
Anticristo - Malditos bastardos
- Les herbes folles
- Vincere
- Malditos bastardos
- Gran Torino
- Singularidades de una chica rubia
- Tetro
- En tierra hostil
- Le roi de l'évasion
- Tokyo sonata
- Hadewijch, Bruno
Éstos son los votos utilizados para la lista de Fotogramas:
| Españolas | Extranjeras | |
| Raúl Alda | ||
| David Broc | ||
| Carlos F. Heredero |
| |
| Carlos Losilla | ||
| Carmen Puyó | ||
| Juan Sardá | ||
| Ricardo Aldarondo | ||
| Quim Casas | ||
| Miguelanxo Fernández | ||
| Carlos Marañón | ||
| Ángel Quintana | ||
| Mirito Torreiro | ||
| Andrés Arconada | ||
| Conxita Casanovas | ||
| Fausto Fernández | ||
| Antón Merikaetxebarría | ||
| La redacción | ||
| Antonio Trashorras | ||
| Jordi Batlle Caminal | ||
| Ramón Colom | ||
| Tomás Fernández Valenti | ||
| Mr. Belvedere | ||
| Sofía Carlota Rodríguez | ||
| Vicente Vergara | ||
| Alberto Bermejo | ||
| Jordi Costa | ||
| Lluis Bonet | ||
| Desirée de Fez | ||
| Àlex Gorina | ||
| Pepe Nieves | ||
| José María Latorre | ||
| Jesús Palacios | ||
| Oti R. Marchante | ||
| Eduardo de Vicente | ||
| Rubén Romero | ||
| Nuria Vidal | ||
| Carlos Boyero | ||
| Oriol Esteve | ||
| Lo que yo te diga | ||
| Tino Pertierra | ||
| Sergi Sánchez | ||
| Manuel Yáñez Murillo |
| Favoritas | Invisibles | |
| Asier Aranzubia Cob | ||
| Fran Benavente |
| |
| Roberto Cueto | ||
| Carlos F. Heredero | ||
| José Enrique Monterde | ||
| José Antonio Hurtado | ||
| Gonzalo de Pedro | ||
| Eulàlia Iglesias | ||
| Jaime Pena |
| |
| José Manuel López Fernández |
| |
| Àngel Quintana | ||
| Carlos Losilla | ||
| Carlos Reviriego | ||
| Gonzalo de Lucas |
| |
| Antonio Santamaria |
lunes 25 de enero de 2010
Paranoid Park
Paranoid Park es una película mucho más pendiente de su construcción narrativa que las películas que Gus Van Sant ha ofrecido en la misma línea, si bien ello no significa que su estructura expositiva sea ortodoxa, al contrario, la historia del joven Alex (Gabe Nevins) se desarrolla mediante saltos temporales y experimentos con la naturaleza del relato, casi siempre jugando con la idea de que Alex es narrador de su propia historia y, por tanto, lo narrado puede ser fiel a los hechos o fruto de su subjetividad, una idea que se cuenta entre lo más interesante de la propuesta. Tanto es así que Paranoid Park es una de esas películas donde no sólo se desarrolla un relato sino que se trata de exponer la propia narración, algo que queda claro en su ambiguo final, donde el desenlace queda abierto por el mero hecho de que el protagonista (el narrador) decide, como catarsis, quemar las notas que ha ido escribiendo y que recogen su propia historia. Tal vez lo peor sea la insistencia de Gus Van Sant en imprimir al film el carácter errático de su protagonista, insistencia que ya supuso un lastre en sus anteriores trabajos y que aquí queda compensada con algún que otro formidable hallazgo de montaje y/o puesta en escena, por ejemplo, la relación que Alex tiene con sus adultos, expresión perfecta del pasotismo existente en ambos sentidos (no sólo Alex los evita continuamente, también le resulta muy fácil engañarlos); el borroso encuentro sexual entre Alex y la ingenua Jennifer (Taylor Momsen) donde se sabe plasmar perfectamente el escaso interés que el acto despierta en el protagonista; la escena en la que Alex rompe con Jennifer y no escuchamos nada del diálogo, constatación de que la expresión de la joven hace que sobren las palabras y de que, para el narrador, ella no tiene nada interesante que decir, o el momento en el que Alex se deja aconsejar por Macy (Lauren McKinney), una joven de inquietudes más afines a las suyas, momento en el que Alex monta en su tabla de skate y sujeta la parte de atrás de la bicicleta de Macy, simbolizando así la rebeldía del protagonista siendo reconducida por la sensatez de su amiga.
'Paranoid Park' - Gus Van Sant - 2007 [ficha técnica] ... leer más
martes 19 de enero de 2010
La cinta blanca
La cinta blanca guarda, sin embargo, un discurso mucho más abierto, ante el que no podemos atribuir sólo la crítica a una ideología concreta, su tesis es aplicable a cualquier extremismo ideológico del mundo contemporáneo o pretérito, y lo hace describiéndolo como consecuencia de un modelo social totalitario, edificado sobre una jerarquía de clases caciquista y un represivo fanatismo religioso. Ante semejante estado de las cosas, la sociedad de los habitantes del film está edificada sobre una interpretación completamente errónea de los valores humanos, lo cual termina teniendo consecuencias nefastas en la manera en la que esto se vuelve contra los más débiles o, simplemente, en la forma en la que los adultos les inculcan estos valores a sus sucesores. Así, nos encontramos con que este desorden moral se manifiesta contra los más pequeños de todas las maneras posibles: abusos sexuales, torturas físicas, humillaciones, privación del movimiento (ese niño que duerme atado a la cama para evitar que se masturbe)... No se tolera tampoco la rebelión (el joven que ve injusto que su madre haya muerto debido a sus pésimas condiciones de trabajo), ni desde el poder ni desde el propio bando (el rebelde es ignorado por su propio padre, marido de la mujer fallecida), al tiempo que nadie ve el problema ni busca soluciones, hasta el punto de que la labor de educar está menospreciada, como apunta el hecho de que haya quien sugiera al maestro del pueblo (Christian Friedel) que debería haber elegido la profesión de sastre, como su padre (no en vano, es el maestro el narrador de un relato del que no conoce la mayoría de los detalles).
Con todo, algo insólito en La cinta blanca es el hecho de que es la primera vez en el cine de Haneke en la que el director regala al espectador algunas amables concesiones a las que poder agarrarse entre tanta fatalidad, concesiones que, por otro lado y como no podía ser de otra manera, terminan complementando o acentuando la cara amarga del relato: véanse momentos como aquel en el que Eva (Leonie Benesch) explica a su hermano pequeño lo que es la muerte, secuencia de especial ternura que finaliza bruscamente en el momento en el que el pequeño arroja con odio su plato al suelo, al no admitir que la madre de ambos esté muerta; los encuentros entre el maestro y Erna (Janina Fautz), encuentros que componen una subtrama que representará uno de los muchos fracasos del narrador dentro de la historia, o las dulces secuencias en las que el menor de los hijos del pastor (Burghart Klaußner) se presenta inocentemente ante éste para rogarle que le permita curar a un pájaro que ha encontrado en la calle, momentos fundamentales para definir esa inocencia que el pastor quiere hacer perenne en sus hijos, para lo cual les coloca la cinta blanca del título, y que será la semilla de las fatales reacciones de éstos cuando entren en la adolescencia, como sugiere el hecho de que el ave termine siendo enjaulada por el pastor una vez que su hija mayor se ensañe con crueldad con la que ocupaba anteriormente la jaula. Es la figura del pastor (la Iglesia) uno de los elementos clave en la génesis de los brutales acontecimientos que tienen lugar en la ficción de La cinta blanca, pero también uno de los poderes que, una vez cometida la falta (habiendo fracasado su régimen totalitario), será parte y juez a la hora de ocultar la verdad, amenazando a quien trate de señalar a los sospechosos (por otro lado, es de agradecer que Haneke no resuelva la película con un pasaje detectivesco y que el enigma quede en suspense). Con esto tenemos que La cinta blanca sugiere que la Iglesia asociada al poder es un vehículo para cegar al pueblo, mientras que la cultura (y esto es algo que no dejaba claro La pianista ni ningún título anterior de Haneke) es una fuente de luz para el ser humano. De ahí que el momento en el que el maestro intenta consolar a Erna tocando una sonata de Bach (la misma, por cierto, que Lars Von Trier escogió para los créditos de Rompiendo las olas, otro título clave para entender la influencia de Dreyer en el cine contemporáneo) nos muestra una estancia oscura con un único punto de luz cercano a los dos personajes deleitándose con la música, mientras que el plano final, con todos los personajes dispuestos en un enorme salón donde va a oficiarse una misa, concluye con un fundido en negro y con la película terminando en silencio.
'Das weisse Band - Eine deutsche Kindergeschichte ' - Michael Haneke - 2009 [ficha técnica] ... leer más
viernes 15 de enero de 2010
Lo mejor de la década según Cahiers du cinéma
La lista de Cahiers du Cinéma con lo mejor de la década ha sido publicada en el número de enero de 2010 de la edición francesa. El escrutinio se realizó a partir de las votaciones efectuadas por dieciséis críticos de la revista, y el resultado deja bastante claro que la edición española se elabora siguiendo las directrices de su hermana mayor: Como no podía ser de otra forma, David Lynch y Gus Van Sant han dirigido las que, según ellos, son las dos mejores películas de la década:
- Mulholland Drive, David Lynch, 2001
- Elephant, Gus Van Sant, 2003
- Tropical Malady, Apichatpong Weerasethakul, 2004
- The Host, Bong Joon-ho, 2006
- Una historia de violencia, David Cronenberg, 2005
- Cuscús, Abdel Kechiche, 2007
- Tie Xi Qu: West of the Tracks, Wang Bing, 2003
- La guerra de los mundos, Steven Spielberg, 2005
- El nuevo mundo, Terrence Malick, 2005
- Ten, Abbas Kiarostami, 2002
Dado que la cuestión de quiénes iban a ocupar las primeras dos posiciones era algo harto previsible, resulta más interesante detenerse en un título que ha pillado por sorpresa a bastante gente (a juzgar por lo que he leído en muchos foros), me refiero a La guerra de los mundos de Steven Spielberg. Yo no entiendo la polémica. Creo que Spielberg ha realizado películas muy irregulares en los úlitmos años, filmes a ratos muy malos pero que incluían escenas francamente buenas (los primeros cincuenta minutos de AI: Inteligencia artificial o un puñado de escenas excelentemente llevadas a cabo en Munich). Pero también ha rodado dos películas redondas de ciencia ficción que no desmerecen para nada al género y que, al igual que en muchos clásicos, ocultan bajo la máscara de un relato fantástico un discurso tremendamente realista. La primera de ellas es Minority Report y tuvo un excelente acogida en su momento, escribiéndose mucho (y muy bien) sobre ella. La otra es La guerra de los mundos, y en este caso lo que me extraña es que no trascendiera más cuando se estrenó (al menos yo no encontré muestras claras de entusiasmo por ningún lado) ya que se trata de un film más que notable. Admito que no creo que La guerra de los mundos sea una de las diez mejores películas de la decada, pero tampoco lo creo de, pongo por caso, The Host, y no veo que ésta haya formado tanto revuelo.
Cahiers hace también una mención especial a otras diez películas (desconozco el motivo ¿acaso porque se trata de rarezas?):
- Reencarnación, Jonathan Glazer, 2004
- Frownland, Ronald Bronstein, 2007
- Tarnation, Jonathan Caouette, 2003
- Sin City, Frank Miller/Robert Rodríguez, 2005
- The Brown Bunny, Vicent Gallo, 2003
- Steak, Quentin Dupieux, 2007
- Be With Me, Eric Khoo, 2005
- The Taste of Tea, Katsuhito Ishii, 2004
- Vals con Bashir, Ari Folman, 2008
- Peau de cochon, Philippe Katerine, 2004
Igualmente, revisamos aquí otras películas votadas que quedaron fuera de las diez mejores:
- Con 4 votos:
YI YI, Edward Yang, 2000
Blissfully Yours, Apichatpong Weerasethakul, 2002 - Con 3 votos:
AI: Inteligencia artificial, Steven Spielberg, 2001
Les amants réguliers, Philippe Garrel, 2005
El tiempo no espera, Tsui Hark, 2000
The Brown Bunny, Vincent Gallo, 2003 - Con 2 votos:
2046, Wong Kar Wai, 2004
Southland Tales, Richard Kelly, 2006
Gerry, Gus Van Sant, 2002
Rois et Reine, Arnaud Desplechin, 2004
No quarto da Vanda, Pedro Costa, 2000
O Fantasma, João Pedro Rodrigues, 2000
Saraband, Ingmar Bergman, 2003
Last Days, Gus Van Sant, 2005
La Captive, Chantal Akerman, 2000
El bosque, M. Night Shyamalan, 2004
La joven del agua, M. Night Shyamalan, 2006
Naturaleza muerta, Jia Zhang Ke, 2006
Quei lor incontri, Danièle Huillet/Jean-Marie Straub, 2006
Pegado a ti, Bobby Farrelly/Peter Farrelly, 2003
Aparte de todo lo anterior y las votaciones detalladas de cada crítico en particular, la publicación incluye las preferencias de algunos cineastas (que no fueron tenidas en cuenta a la hora de confeccionar la lista principal):
| Jia Zhang-ke |
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| Kiyoshi Kurosawa |
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| Nanni Moretti |
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| Bong Joon-ho |
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| Pascale Ferran |
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| Shinji Aoyama |
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| Asia Argento |
|
| Miguel Gomes |
|
| Bertrand Bonello |
|
| Philippe Grandrieux |
|
| Quentin Tarantino |
|
| Pedro Costa | |
| João César Monteiro |
|
| Nicolas Klotz |
|
| João Pedro Rodrigues |
|
jueves 31 de diciembre de 2009
Lo mejor de la década según la Cinemateca de Ontario
Responsable de una de las listas más famosas de lo mejor de la década de los noventa, la Cinemateca de Ontario se vio en la obligación de organizar, hace algunos meses y de manera algo precipitada (¿por qué no esperaron a que concluyera el 2009?), una encuesta para establecer una relación con lo mejor de "la década de los dosmil" (todavía no sé muy bien si llamarla así), que han presentado con el nombre de The Best of the Decade: An Alternative View; alternativa debido al carácter minoritario de casi todas las películas que integran la lista. De hecho, casi la mitad de estas películas no han visto la luz en nuestras salas comerciales.
Encabeza la lista Syndromes and a Century, largometraje del realizador tailandés Apichatpong Weerasethakul, alguien cuya carrera se ha desarrollado prácticamente íntegra en el decenio que ahora acaba y que es, sin duda, uno de los principales representantes del cine alternativo reciente. De su filmografía, en España sólo ha sido estrenada su fascinante Tropical Malady, que ocupa el puesto seis de la lista (otra película del director, Blissfully Yours, se encuentra en el puesto trece). Si ha sido Syndromes and a Century la primera tal vez se debe al hecho de que la película se ha convertido también en estandarte de la libertad creativa y en símbolo del combate contra la censura en el arte: en Tailandia, una comisión de censores exigió que se eliminaran cuatro escenas con el fin de que la película fuera mostrada en salas comerciales. Weerasethakul se negó a modificar la película y la retiró de la distribución en su país, sustituyéndola más adelante por una copia en la que las escenas fueron cambiadas por un texto sobre fondo negro en el que se informaba al público, en clave de denuncia, sobre los problemas de la libertad de expresión.
Las posiciones dos y tres de la lista las ocupan respectivamente las películas Platform y Naturaleza muerta (esta última estrenada en España) del realizador chino Jia Zhang-ke. Siendo éste uno de los cineastas asiáticos que mejor compagina el exotismo de cierto tipo de cine con una mirada delatora de los males del capitalismo y la globalización mal entendida, el hecho de que Zhang-ke quede doblemente representado en lo más alto de la lista (y que vuelva a aparecer con The World en la posición 24) es algo de lo más acertado.
Como apuntábamos al principio, el haber organizado esta encuesta varios meses antes de que finalice la década hace que no estén todas las que son (no aparece ni una sola película de 2009) pero también que no sean todas las que están: el cuarto puesto de la lista lo ostenta el drama de Claire Denis Buen trabajo, una película perteneciente a la década de los noventa. Lo mismo ocurre con la película que ocupa el puesto 21, El viento nos llevará, de Abbas Kiarostami, no en vano, uno de los directores estrella en el ranking correspondiente a la década anterior, cuyo cine en los últimos años tal vez haya sido excesivamente radical como para ser recomendado, incluso, en una lista como ésta, pero que en ningún caso justifica que una película de 1999 aparezca aquí.
De todas las películas incluidas en las diez primeras posiciones tal vez sea la situada en quinto lugar, Deseando amar del hongkonés Wong Kar-wai, la más ortodoxa de todas, por lo que no nos extrañaría que el estilizado clacisismo de Kar-wai encabece también otras listas de corte más mayoritario y que, sin duda, irán surgiendo en todo el mundo en los meses venideros. En ese sentido, también es llamativo encontrar aquí films tan convencionales como Una historia de violencia de David Cronenberg en el puesto 17, Lejos del cielo de Todd Haynes que ocupa el último lugar o El laberinto del fauno de Guillermo del Toro en la posición 22 (no es ésta la única producción española, aparece también Pedro Almodóvar en la posición 20 con Hable con ella y la realizadora Argentina Lucrecia Martel con la coproducción La mujer sin cabeza).
Dos films rumanos, The Death of Mr. Lazarescu, de un desconocido Cristi Puiu, y la popular 4 meses, 3 semanas, 2 días, de Cristian Mungiu, aparecen en las posiciones siete y nueve. La primera de ellas, comparte posición con Werckmeister Harmonies, realizada por un cineasta, si cabe, más condenado en los cines españoles que cualquiera de los demás cineastas a colación, el húngaro Béla Tarr.
En el puesto ocho, Jean-Luc Godard y su extraño Elogio del amor se convierte en el más veterano de cuantos ocupan las diez primeras posiciones, un grupo que se cierra con la fascinante Luz silenciosa del mexicano Carlos Reygadas. El hecho de que este film fuese injustamente ignorado por la crítica internacional (en España tuvimos un claro ejemplo) hace que su aparición en la posición diez de la lista constituya un fantástico premio para el film de Reygadas.
Éstas y el resto de películas se enumeran a continuación:
- Syndromes and a Century, Apichatpong Weerasethakul, Tailandia, 2006, 53 votos
- Platform, Jia Zhang-ke, Hong Kong/China/Japón/Francia, 2000, 49 votos
- Naturaleza muerta, Jia Zhang-ke, China, 2004, 48 votos
- Buen trabajo, Claire Denis, Francia, 1999, 46 votos
- Deseando amar, Wong Kar-wai, Hong Kong/China, 2000, 43 votos
- Tropical Malady, Apichatpong Weerasethakul, Francia/Tailandia/Alemania/Italia, 2004, 38 votos
- The Death of Mr. Lazarescu, Cristi Puiu, Rumanía, 2005, 35 votos
Werckmeister Harmonies, Béla Tarr, Hungría, 2000, 35 votos - Elogio del amor, Jean-Luc Godard, Suiza/Francia, 2001, 34 votos
- 4 meses, 3 semanas, 2 días, Cristian Mungiu, Rumanía, 2007, 33 votos
- Luz silenciosa, Carlos Reygadas, México/Francia/Holanda, 2007, 32 votos
- El arca rusa, Aleksandr Sokurov, Rusia/Alemania, 2002, 31 votos
- El nuevo mundo, Terrence Malick, EEUU, 2005, 30 votos
- Blissfully Yours, Apichatpong Weerasethakul, Francia/Tailandia, 2002, 29 votos
- El hijo, Jean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne, Bélgica/Francia, 2002, 27 votos
- Juventude Em Marcha, Pedro Costa, Portugal/Francia/Suiza, 2006, 25 votos
- Los espigadores y la espigadora, Agnès Varda, Francia, 2000, 24 votos
No quarto da Vanda, Pedro Costa, Portugal/Alemania/Italia/Suiza, 2000, 24 votos
Songs from the Second Floor, Roy Andersson, Suecia/Dinamarca/Noruega, 2000, 24 votos - Caché, Michael Haneke, Francia/Austria/Alemania/
Italia, 2005, 23 votos
Una historia de violencia, David Cronenberg, EEUU, 2005, 23 votos
Mulholland Drive, David Lynch, Francia/EEUU, 2001, 23 votos
Tiempos de amor, juventud y libertad, Hou Hsiao-hsien, Taiwan, 2005, 23 votos - Rois et reine, Arnaud Desplechin, Francia, 2004, 21 votos
- Elephant, Gus Van Sant, EEUU, 2003, 20 votos
- Hable con ella, Pedro Almodóvar, España, 2002, 19 votos
- El viento nos llevará, Abbas Kiarostami, Irán/Francia, 1999, 18 votos
YI YI, Edward Yang, Taiwan/Japón, 2000, 18 votos - El laberinto del fauno, Guillermo del Toro, España, 2006, 17 votos
- El niño, Jean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne, Bélgica/Francia, 2005, 16 votos
The Heart of the World, Guy Maddin, Canadá, 2005, 16 votos
I Don't Want to Sleep Alone, Tsai Ming-liang, Taiwan/Francia/Austria, 2006, 16 votos
Star Spangled to Death, Ken Jacobs, EEUU, 2004, 16 votos - The World, Jia Zhang-ke, China/Japón/Francia, 2004, 14 votos
- Café Lumière, Hou Hsiao-hsien, Japón, 2004, 13 votos
La mujer sin cabeza, Lucrecia Martel, Argentina/España/Francia/Italia, 2008, 13 votos
L'Intrus, Claire Denis, Francia, 2004, 13 votos
Millennium Mambo, Hou Hsiao-hsien, Taiwan/Francia, 2001, 13 votos
My Winnipeg, Guy Maddin, Canadá, 2007, 13 votos
Saraband, Ingmar Bergman, Suecia, 2003, 13 votos
El viaje de Chihiro, Hiyao Miyazaki, Japón, 2001, 13 votos
I'm Not There., Todd Haynes, EEUU, 2007, 13 votos - Gerry, Gus Van Sant, EEUU, 2002, 12 votos
- Lejano, Nuri Bilge Ceylan, Turquía, 2002, 11 votos
Dogville, Lars von Trier, Dinamarca/Suecia/Reino Unido/Francia/Alemania, 2003, 11 votos
The Royal Tenenbaums, Wes Anderson, EEUU, 2001, 11 votos - Aleksandra, Aleksandr Sokurov, Rusia/Francia, 2007, 9 votos
Demonlover, Olivier Assayas, Francia, 2002, 9 votos - Atanarjuat, The Fast Runner, Zacharias Kunuk, Canadá, 2001, 8 votos
Goodbye, Dragon Inn, Tsai Ming-liang, Taiwan, 2003, 8 votos - Longing, Valeska Grisebach, Alemania, 2006, 7 votos
Secret Sunshine, Lee Chang-dong, Corea del Sur, 2007, 7 votos
Vai e Vem, João César Monteiro, Portugal, 2003, 7 votos
Lejos del cielo, Todd Haynes, EEUU/Francia, 2002, 7 votos
Alguno de los organismos que participaron en la encuesta: Museum of Modern Art (Nueva York); British Film Institute (Londres); UCLA Film & Television Archive (Los Ángeles); Wexner Center for the Arts (Columbus); Filmoteca de la UNAM (Ciudad de México); George Eastman House (Rochester); Austrian Film Museum (Viena); World Cinema Foundation (Nueva York); Vancouver International Film Festival (Vancouver); Centre National de laCinématographie (París); Canadian Film Institute (Ottawa); Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria (Gran Canaria); Berkeley Art Museum and Pacific Film Archive (Berkeley); Swedish Film Institute (Estocolmo); Berlin International Film Festival (Berlín); Haghefilm Foundation (Ámsterdam); Tokyo FILMeX (Tokyo), y TIFF Cinematheque (Toronto). ... leer más
martes 22 de diciembre de 2009
Donde viven los monstruos
La popularidad que obtuvo el director de videoclips Spike Jonze a raíz de su colaboración con el guionista Charlie Kaufman en sus dos primeros largometrajes para el cine (Cómo ser John Malkovich y El ladrón de orquídeas) se volvió en contra del primero en el momento en el que quedó patente que aquellas colaboraciones no nos descubrieron a un cineasta sino a un guionista. Es ésta una lección que muchos estudiosos del cine parecen haber aprendido, como demuestra el hecho de que casi nadie restó mérito a Charlie Kaufman a la hora de hablar de ¡Olvídate de mí! como una de las mejores películas americanas de los últimos años. Esto parece haber pasado factura al caché de Spike Jonze ya que, una vez desvinculado de Kaufman, el director ha necesitado siete años para estrenar su siguiente largometraje, buena parte de los cuales ha estado completamente apartado del cine debido a una mala relación con la Universal que concluyó con su contrato para Warner, compañía que, una vez finalizado el rodaje, obligó al director a repetir casi todo su trabajo por no parecerle el resultado final lo suficientemente apto para el consumo familiar.
En este arduo camino, Spike Jonze ha dado un notable giro a su propia política de autor, buscando una fuente de inspiración en Maurice Sendak, un escritor a todas luces opuesto a Charlie Kaufman: en las antípodas del barroquismo habitual en el celebérrimo guionista neoyorkino, el relato infantil de Sendak Where the wild things are apenas ocupa cuarenta páginas ilustradas, lo cual, contra todo pronóstico, no supone un impedimento para la labor de Jonze. Al contrario, Donde viven los monstruos posee una de las cualidades más admirables de una obra cinematográfica, y es la de acercarse con honestidad y respeto hacia el material adaptado, sin juzgar la aparente ingenuidad de éste. Jonze afronta el relato, en primer lugar, no renunciando a su habitual estilo, algo especialmente latente en los primeros minutos cuando Max (Max Records) nos es presentado describiendo los problemas de adaptación que el niño tiene en su casa, en la calle y en la escuela, utilizando un montaje algo frenético y un apoyo sistemático en canciones pop que hace que, hasta aquí, parezca que estemos ante una obra heredera del Free Cinema británico, tal y como lo entendieron hace no mucho directores como Ken Loach, Mike Leigh o Stephen Frears. Ello supone un aliciente en el momento en el que el protagonista huye de este escenario de una manera inverosimil (atravesando un vasto océano en solitario y a bordo de una pequeña embarcación) y la fantasía irrumpe en el relato sin que el director cambie un ápice el estilo visual.
El tratamiento que Jonze hace de los fantásticos seres que Max encuentra en la isla es tremendamente humano como consecuencia de este estilo, pero también porque el director se mantiene fiel en todo momento al punto de vista del pequeño, alguien que descubre a los monstruos con fascinación pero sin escepticismo. Así, Max va encontrando paralelismos entre las relaciones que dificultan la vida en sociedad de estas criaturas y las que hacen que él mismo se enfrente a su familia y amigos, siendo el escenario donde viven los monstruos un lugar donde el hecho de que no haya personas no impide a Jonze llevar a cabo un sobresaliente tratado de humanismo y psicología, describiendo las costumbres de sus personajes desde incontables ángulos sociales e individuales, fruto del cual destacan caracteres como Carol (James Gandolfini), un monstruo de una prodigiosa evolución psicológica cuyas emociones estallan al final. Al igual que hicieran hace poco Pete Docter y Bob Peterson con Up, Spike Jonze nos recuerda en Donde viven los monstruos cuál es la verdadera virtud del cine: despertar sentientos reales a partir de imágenes artificiales.
'Where the Wild Things Are' - Spike Jonze - 2009 [ficha técnica]
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miércoles 16 de diciembre de 2009
Spanish Movie
El cine de parodias norteamericano, que tiene como principal precursor al equipo formado por Jim Abrahams y los hermanos David y Jerry Zucker (responsables, entre otras, de las emblemáticas Aterriza como puedas, Top secret! y Agárralo como puedas) surgió con la intención de aprovechar el éxito de un modelo determinado de cine (respectivamente, el género de catástrofes aéreas, el bélico o el policíaco) sin necesidad de caer en la copia oportunista, al tiempo que se trataba de dar una visión chocante de los materiales de partida, al recurrir al humor más disparatado para reescribir unas historias que originalmente siempre habían exigido una mirada seria a su público. Con el tiempo, alguna de estas películas ha superado en popularidad y, en algunos casos, en valoración crítica a la de su original (¿queda alguien, hoy en día, interesado en la saga de los setenta Aeropuerto?) en parte porque en ocasiones el equipo Zucker, Abraham & Zucker ofrecía un modelo de humor que ha envejecido mucho mejor que sus rancios objetos de parodia. Con Spanish Movie tenemos, por desgracia, un caso completamente distinto. La cinta dirigida (es un decir) por Javier Ruiz no trata de dar un punto de vista cómico a un cine habitualmente tomado en serio, ya que el cine patrio, de entrada, rara se toma en serio: el espectador español medio adopta un gesto de desprecio ante el cine nacional, por lo que la mirada irreverente de Spanish Movie no supone ninguna novedad, como sí lo eran en un principio las parodias del cine americano. De hecho, la razón por la que hasta ahora nadie se había atrevido ha realizar en España una película como ésta puede deberse al hecho de que existen poquísimos referentes serios en el cine español a partir de los cuales hacer una lectura divertida que guste a las masas (¿cuántos espectadores entenderían un chiste a partir de las películas de Carlos Saura o José Luis Garci?).
Por ello, el problema de Spanish Movie es que se constituye sobre un paradigma equivocado (el slapstick americano de los ochenta) y no mira con suficiente interés hacia donde, a mi parecer, podía haber encontrado una mejor fuente de inspiración, esto es, la comedia televisiva, que es donde hoy en día hay un tratamiento más inteligente del humor grueso. Así, al igual que los cameos de los directores Alex de la Iglesia, Jaume Balaguero, Paco Plaza, Juan Antonio Bayona o Alejandro Amenábar no suponen, ni tienen por qué suponer, una influencia en la manera en la que ha sido realizado el film, es un error que el elenco de actores de Spanish Movie, en su mayoría, habituales de la televisión (capitaneados por Carlos Areces y Joaquín Reyes) no aporten más al guión de partida y se limiten a interpretar ante las cámaras lo que otros han escrito, excepto en dos o tres brevísimos momentos (por ejemplo, la divertida aparición de Andreu Buenafuente haciendo de David el Gnomo, o esa impagable parodia de Los lunes al sol a cargo del equipo de Muchachada Nui que es, con mucha diferencia, lo mejor de la función) que solo sirven para lamentarnos imaginando lo que pudo haber sido esta inconexa amalgama de ideas de haberse planteado de otra forma.
'Spanish Movie' - Javier Ruiz Caldera - 2009 [ficha técnica]
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jueves 3 de diciembre de 2009
Celda 211
Hace casi diez años, cuando Daniel Monzón decidió compaginar sus labores de crítico cinematográfico con su recién estrenada carrera como director, sorprendió que su primer film, el muy comercial El corazón del guerrero, no se situara del lado del cine por aquel entonces considerado "de calidad" en España, al menos, así considerado por las publicaciones especializadas de mayor tirada en nuestro país (como la mensual Fotogramas, en cuyas páginas Monzón ofrecía unas críticas no demasiado disonantes de la opinión general), nos referimos a los amables dramas con vocación realista realizados por otros debutantes como Fernando León de Aranoa o Benito Zambrano, o al cine de francotiradores como José Luis Guerín o el desaparecido Joaquim Jordà, cineastas estos últimos cuyas películas eran aplaudidas sistemáticamente por Monzón y compañía (aunque muchos de estos críticos no parecían tener claro dónde estaba el mérito de aquellas rarezas). Con el tiempo, el cineasta demostró que el haberse decantado por el cine comercial en su debut no fue, ni mucho menos, una imposición. En sus siguientes trabajos, la excéntrica El robo más grande jamás contado y la irregular La caja Kovak, ambas igualmente escritas por él mismo, Monzón fue progresando en el cine de género, en una ascensión de la que su última película es, de momento, una cumbre. Celda 211 es, con diferencia, el mejor trabajo de su director y, tal vez, la mejor película de género realizada en este país desde que Alex de la Iglesia firmara su brillante El día de la bestia. Al igual que aquella, la película de Monzón hace justicia al género al que se adscribe, desarrollando un ameno tempo narrativo, pero en el camino no renuncia a la idiosincrasia que se le supone, esto es, el imaginario costumbrista patrio, con el aliciente de que Celda 211 aprovecha una herencia cultural para llevarla a un terreno que, habitualmente, no suele frecuentar: los presos que vemos amotinarse en Celda 211 no difieren demasiado de los que pudieran aparecer en un film de Berlanga o Saura, y sin embargo resultan perfectos para el entretenido relato ideado por Monzón.
No faltan, no obstante, aspectos un punto mejorables (véanse los innecesarios flash-forwards con los funcionarios de la prisión siendo interrogados sobre lo ocurrido, o algunos tópicos como el personaje encarnado por Antonio Resines, archisabido funcionario de prisiones que deviene más malvado que los propios presos), si bien el resultado final es más que notable, por una serie de virtudes entre las que destacan a) el correcto dibujo de cada uno de los freaks que reivindican sus derechos amotinándose en la prisión, algo a lo que ayudan unas excelentes interpretaciones como las de Luis Tosar o Vicente Romero, pero (seguramente) también la manera en la que la montadora Mapa Pastor recorta sus posibles histrionismos; b) las increíbles ideas de planificación y puesta en escena que Monzón es capaz de poner en práctica a estas alturas y que es fundamental en el vertiginoso tramo final del film (cf. cuando el protagonista dialoga con un negociador mientras que el personaje de Luis Tosar aparece desenfocado, para dar a entender que ha sido desbancado del poder; esa camilla que atraviesa fugaz el plano para indicarnos que, finalmente, los rehenes no han sido ajusticiados, o el juego de miradas finales entre el cabecilla y el traidor, una especie de guiño al "pobre Gaspard" del final de La evasión, tal vez la mayor obra maestra cinematográfica de cuantas hayan tenido una prisión como escenario), y c) el salto mortal que supone para el relato la inclusión de los presos etarras, un aspecto cuyas posibilidades son de largo aprovechadas por Celda 211, trascendiendo así el mero divertimento para convertirse en un discurso social de gran calado que situa su punto de vista en un lugar políticamente muy incorrecto y, por extensión, poco o nada frecuentado por el cine español: del lado del ciudadano de clase baja que ve al terrorista como un mercenario cobarde amparado por el estado y los medios de comunicación.
'Celda 211' - Daniel Monzón - 2009 [ficha técnica]
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jueves 22 de octubre de 2009
Cleaner
El hecho de que por "cine negro" no nos refiramos exactamente a lo mismo que cuando hablamos de "cine de gangsters" o de "thriller policiaco", no se debe solamente a una cuestión formal. El uso expresionista de la imagen o el empleo continuo de claroscuros, que puede que fuera fundamental en películas como El halcón maltés o Sed de mal (definitorias de la primera, y para muchos única, etapa del género), ha sido accesorio en el film noir postclásico, donde nunca se han buscado formas y texturas comunes, sólo se ha puesto empeño en recuperar el lado más sórdido de la novela negra. A la larga, el hecho de que este nuevo cine negro no tenga unas características formales definidas ha llevado a muchos cineastas a exagerar esa sordidez, hasta el punto de que muchos de estos relatos se acercan en ocasiones a lo sobrenatural, ya sea porque en ellos se plantea una concepción del mal demasiado aberrante o porque se subraya hasta la extenuación el carácter tortuoso de sus protagonistas. Así, una de las cosas que tienen en común películas presumiblemente pertenecientes al cine negro tan distantes entre sí como Chinatown y Old boy es la macabra definición que en ellas se hace de personajes muy poderosos (hombres que están por encima del bien y del mal y se toman asuntos tan inmorales como el incesto y la pederastia como algo habitual en sus vidas); un hecho que los artífices de uno y otro film tratan de narrar utilizando distintos esquemas visuales que en ningún caso se parecen a los clásicos.
Cleaner, de Renny Harlin, entra en el género negro adoptando unos formatos televisivos que se han puesto de moda tras el éxito de muchas teleseries contemporáneas, obras que han cosechado un gran éxito a base de huir de la ingenuidad con la que eran concebidas sus antecesoras (en cualquier caso, habrá que volver a revisar tanto unas como otras al cabo de unos años para ver cuáles aguantan mejor el paso de los años). Con ello, Harlin pretende atraer la atención del espectador hacia la pulcritud de las imágenes (véase el cuidado cromatismo de Cleaner, que hace que hasta la sangre tenga una hermosa viscosidad) para después capturar esta atención durante el mayor tiempo posible a base de montar un sinfín de planos muy breves y desde casi todos los ángulos, sin prestar atención al significado de esas imágenes (una toma de un vaso de agua que ocupa toda la pantalla aunque no tenga relevancia dentro de la secuencia; la imagen del protagonista desde fuera de la habitación, como si estuviera siendo espiado, cuando está solo; los planos y contraplanos de una conversación filmada en contrapicado sin ningún motivo aparente...). Efectivamente, Cleaner termina siendo un largometraje entretenido, cuya agilidad narrativa no impide que su trama pueda seguirse sin problemas, gracias a las aptitudes técnicas de Harlin. Pero el director olvida las premisas del género al que pertenece el material que tiene entre manos, y no puede evitar que esa sordidez del cine negro de la que hablábamos desaparezca de la mente del espectador nada más abandonar la sala de proyección, en parte porque Cleaner no aprovecha lo suficiente la ambigüedad del relato de partida, no prestando demasiada intención a hechos como que el bueno de Tom Cutler (Samuel L. Jackson) participara en una trama para eliminar al asesino de su mujer después de que éste fuera encarcelado, o que el único agente de todo el cuerpo de policía que nunca ha participado en tramas de corrupción pueda ser capaz de llevar a cabo un terrible asesinato. Todo ello tal vez se deba a cierto temor a que los (tele)espectadores de Cleaner necesiten identificar quiénes son los buenos y los malos de la función, pero el hecho de que no se saque partido a los aspectos más maduros del relato lleva a que tampoco se perdonen los muchos problemas del guión de Matthew Aldrich: que Cutler vaya a limpiar el escenario del crimen en la casa de los Norcut a plena luz del día y sin saber de qué va el asunto sin que haya suficientes testigos o pistas que le impidan iniciar una investigación por su cuenta; el momento en el que unos policías dan una paliza a Cutler sin que sepamos nunca quiénes son, ni tenga sentido dentro del posterior curso de los acontecimientos; por no hablar de la escena final en la que el personaje que dispara la última bala hace que el momento resulte tan tópico como poco verosímil.
'Cleaner' - Renny Harlin - 2007 [ficha técnica]
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martes 13 de octubre de 2009
Ponyo en el acantilado
Cuando los niños pequeños se expresan plásticamente mediante dibujos no tratan de ser fieles a la naturaleza de las cosas, al contrario, buscan plasmar el valor que objetos, animales y personas tienen para ellos. En ese sentido, un dibujo infantil es uno de los ejemplos más universales del arte, ya que los niños se sirven de sus obras para dar su visión del mundo, utilizándolas como significante. Por ello no es una buena idea corregir el dibujo de un niño sugiriendo que imite las formas tal y como el adulto la conoce. Es significativo que los temarios que estudian los opositores a educador infantil expongan que sugerir al niño que "el sol es redondo" es un error común en la intervención de la educación plástica; al contrario, se invita a los educadores a que dejen que el niño interprete el sol a su manera, representando libremente su forma, sus colores y su ubicación en el plano. Pero, en la práctica, la sociedad actúa justo al revés, dando al niño plantillas de personajes televisivos o cinematográficos para que las coloree, o invitándole a que copie esos mismos personajes cuando quiere dibujar un perro, un ratón o un elefante. Así, el hecho de que casi todas las películas de animación sean habitualmente clones de los modelos definidos por Disney es una consecuencia a gran escala de la estandarización educativa, con la que se persigue reforzar la conducta práctica de los ciudadanos para que no desencajen en el orden social establecido. Sin embargo, muchos entendidos sostienen que si en las escuelas se potenciara la creatividad en lugar de la lógica, la sociedad no estaría formada por anárquicos soñadores, sino por mentes despiertas que abrirían nuevas vías a la búsqueda de soluciones a los problemas de la humanidad, sería una sociedad que avanzaría con pasos de gigante.
Por ello es tan importante la existencia en el mundo del arte en general, y del cine en particular, de creadores como Hayao Miyazaki, artifices de cine para niños de todas las edades, que seguramente hayan sufrido esta corrección plástica en su infancia pero han sido capaces de desandar el camino recto para hablarnos del mundo de una manera infantil, en el mejor sentido. Confieso que, si bien disfruté del pase de Ponyo en el acantilado sin bostezar, no me entusiasmó especialmente ni fui capaz de encontrar ningún mensaje trascendente entre sus imágenes, tal vez debido a que mi educación está demasiado contaminada como para disfrutar plenamente de la rabiosa inocencia que se desprende de sus imágenes, concebidas por un autor capacitado para usar el medio audiovisual con la deslumbrante ingenuidad de un niño. Y si en el argumento de Ponyo en el acantilado toman parte elementos tan adultos como la Explosión Cámbrica o el Código Morse debemos saberlo perdonar: se debe a que el niño que ha ingeniado esta historia tiene casi setenta años.
'Gake no ue no Ponyo' - Hayao Miyazaki - 2009 [ficha técnica]
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domingo 11 de octubre de 2009
Si la cosa funciona
Si se estudian las películas que Woody Allen ha rodado en la década que está a punto de finalizar, se concluirá que el director neoyorkino ha rodado un film excelente, Match Point, otro fallido, Cassandra's Dream, y una rareza, Vicky Cristina Barcelona. El resto de su filmografía (La maldición del escorpión de jade, Todo lo demás, Scoop...) es una serie de comedias sencillas girando una y otra vez sobre el mismo tema, cambiando siempre los actores, a veces los escenarios, pero muy poco los personajes y las relaciones entre estos. No obstante, son estas películas menores las que han acabado constituyendo "el estilo de Woody Allen" por ser las películas en las que uno piensa cuando se habla del autor. Si la cosa funciona es otro paradigma de este estilo, de esta manera de rodar las películas y de escribirlas introduciendo sólo pequeñas variaciones. Por ello el personaje de Boris Yellnikoff no es exactamente el arquetipo que el Allen actor hubiera podido interpretar, pero sí es un personaje que le vendría como un guante si fuera tan corpulento como el cómico Larry David, es decir, si pudiera imponerse físicamente a sus semejantes y dar rienda suelta a su misantropía, tratando a los demás como Boris lo hace con los padres de los niños a los que enseña a jugar al ajedrez. "El estilo de Woody Allen" es a menudo aplaudido por la destreza de Allen en la escritura de diálogos, pero ese estilo con el tiempo ha ido definiéndose también por una palpable desgana a la hora de llevar estos diálogos a la pantalla. Excepto en algunos slapsticks muy logrados (los primeros minutos de Granujas de medio pelo o algunos disparatados momentos de Un final made in Hollywood) y algunas escenas de más dramatismo (como algunas inspiradas ideas de planificación en los pasajes "serios" de Melinda y Melinda), parece como si Woody Allen no disfrutara haciendo un uso práctico del cine, como si le pareciera suficiente tanto su labor de guionista como el natural quehacer de sus actores.
Si la cosa funciona es otro catálogo de los problemas del cine de Woody Allen, y si no fuera porque la acidez en los diálogos de su protagonista salvan la mayoría de las situaciones, estaríamos delante de una de las peores películas concebidas por su creador no ya en los últimos años, sino en toda su carrera, debido al grave hecho de que el Allen director parece haber llevado a cabo su trabajo con mayor desgana que nunca. En esta ocasión como en ninguna otra, diálogos y actores lo constituyen absolutamente todo en la película y si, como decimos, los diálogos de Si la cosa funciona resultan a veces francamente divertidos, los actores del cine de Allen empiezan a resentirse de la mínima atención que les presta su director, de ahí que actrices como Patricia Clarkson desarrollen algunos pasajes con un histrionismo excesivo, dando la sensación de que con Woody Allen no se repite ninguna toma, la primera siempre es definitiva. Y esto es otro de los rasgos que han terminado por definir una repetitiva forma de rodar las películas: una economía de medios no propiciada por la escasez de presupuesto sino por la prisa con la que se intenta encadenar un film tras otro a ritmo de uno (o más) por año. ¿Y cómo afecta esta prisa a Si la cosa funciona? pues en el sentido en el que la película es casi un ejemplo de anticine: una cosa es saber utilizar la virtud cinematográfica del off visual (cf. los momentos en los que los personajes de Larry David y Evan Rachel Wood ven en la tele películas con Fred Astaire que nosotros no vemos) y otra muy diferente es aplicar la economía narrativa de manera enfermiza, ahorrando tanto que se termina por no rodar absolutamente nada. Porque nada de lo que realmente ocurre en Si la cosa funciona se nos muestra a los espectadores, todos los hitos narrativos (personajes que se separan, que intentan suicidarse, que discuten, que practican sexo...) nos son ocultados, no porque sea más sugerente el fuera de plano, sino porque es mucho más rápido y fácil hacer que la narración de acontecimientos provenga de un actor y no de las imágenes. No obstante, quedan algunos instantes en los que el cine fluye inevitablemente de las imágenes de Si la cosa funciona, casi siempre a costa de la relación entre Boris y la ingenua Melodie, como cuando ésta permanece sentada en la escalera en la que vemos las piernas de Boris bajar cojeando, una efectiva manera de hacernos ver que los achaques del anciano deben ocupar la mente de Melodie después de haberse acostado con un hombre mucho más joven y guapo que su marido, o como cuando se nos describe la manera en la que la pareja protagonista se va conociendo, dejando claro que la admiración de Boris hacia su compañera es tanto paterno-filial como de atracción sexual, algo que queda claro en el momento en el que Boris se despierta asustado y Melodie le hace compañía en el sofá, una escena en la que, por cierto, se manifiesta otro de los clichés del cine de Woody Allen, éste mucho más fetichista, que no seré yo quien critique: la fijación del septuagenario director por filmar a sus musas en bragas.
'Whatever Works' - Woody Allen - 2009 [ficha técnica]
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lunes 28 de septiembre de 2009
Malditos Bastardos
Inglourious Basterds arranca en un bello paisaje francés a primeros de la década de los cuarenta del siglo pasado. Allí vemos al granjero Perrier LaPadite (Denis Menochet) cortando leña justo antes de que la visita de un grupo de soldados alemanes altere su paz y la de sus tres hijas. Esta primera secuencia tiene toques claramente heredados del western europeo, y ello pese a ser el último de Quentin Tarantino un film bélico narrado a ratos en plan cómico. De hecho, el cartel con el que se nos presenta este segmento, Once upon a time in nazi occupied France, es un guiño claro al cine de Sergio Leone que, en principio, iba a ser el título del film. La manera con la que Tarantino coquetea con los géneros en esta película no debe despistarnos: a diferencia de Kill Bill Vol. I y de Death proof, Inglourious Basterds nos ofrece bastante más que un inclemente collage cinéfilo, y como muestra es suficiente el oficio con el que Tarantino resuelve la primera escena, cómo se toma su tiempo para que sus personajes hablen de sí mismos a través de larguísimos diálogos, con qué destreza dirige a sus actores (formidable Christoph Waltz interpretando al oficial Hans Landa, acaso el personaje más importante del relato) y, sobre todo, cómo el director maneja los resortes dramáticos, manteniendo una insoportable tensión que estalla al final de esta pequeña pero magistral pieza. Más adelante, veremos que Tarantino prefiere dejar de lado esta seriedad para trabajar su habitual gamberrismo, y la mala noticia es que Inglourious Basterds certifica que su autor parece haber abandonado para siempre la sobriedad con la que dirigió sus primeros tres largometrajes, como si se viera en la obligación de ser representante de un estilo pleno de excesos y sólo pudiera recurrir a un tono más contenido en pequeñas dosis y de manera intermitente.
En cualquier caso, hay otro aspecto que hace que Inglourious Basterds destaque respecto al cine reciente de Tarantino, y surge a raíz de un necesario proceso de documentación previo: aunque no falten en el guión anacronismos deliberados, así como un desenlace que constituye una visión de la Historia descabelladamente apócrifa, el desarrollo del relato es, en cierto modo, respetuoso con su contexto. Como consecuencia, los temas que Tarantino trata en esta ocasión dejan aparcada la cultura popular para dar un aire más culto al asunto, hasta el punto de que uno de los principales discursos de la función profundiza sobre el cine bajo el Tercer Reich, brillando perlas como cuando los personajes comparan la maquinaria propagandística de Joseph Goebbels con el cine producido en Estados Unidos por Louis B. Mayer o David O. Selznick; el tributo que constantemente se hace al cine de Georg Wilhelm Pabst, sugiriendo su reconocimiento por parte del público francés (del que se nos dice que sabía valorar a los directores alemanes y no sólo a estrellas como Leni Riefenstahl); el hecho de que la capacidad destructora del cine sea algo más que una metáfora en el momento en el que se utiliza como peligroso combustible el nitrato del que están hechas las bobinas, o la frase que escuchamos en el último plano de la película, donde Tarantino parece preguntar en tono irónico si es o no un maestro de su arte. Pero, si se considera dentro de esta lectura, hay una secuencia que resulta de un atractivo especial por lo que tiene de hábil uso del lenguaje cinematográfico como crítica a un cierto tipo de cine desde dentro: en el teatro donde se proyecta el film ficticio El orgullo de la nación todo el alto mando alemán aplaude y se emociona cada vez que en la pantalla el protagonista dispara contra un soldado aliado, sirviendo esto a Tarantino para ridiculizar a Hitler, Goebbels y compañía, pero siendo consciente de que su propio público aplaudirá cuando Aldo Raine (Brad Pitt) y sus hombres apuñalen, golpeen y disparen a los desgraciados del otro bando.
'Inglourious Basterds' - Quentin Tarantino - 2009 [ficha técnica]
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viernes 4 de septiembre de 2009
Anticristo
Uno de los detalles que la prensa especializada señaló a propósito del pase de Anticristo en el pasasdo Festival de Cannes fue la dedicatoria a Andréi Tarkovski con la que su director cerraba el film, algo que fue recibido con carcajadas por parte de una platea atónita. Debieron de pensar que Lars von Trier no era quien para compararse con el genio ruso, curiosamente en el mismo escenario donde trece años antes Rompiendo las olas fue galardonada con el Gran Premio del Jurado y calificada como "heredera del cine de Carl T. Dreyer". Se cuenta que al pase de Anticristo le siguió una rueda de prensa donde el director se defendió del ataque de los presentes con insoportable arrogancia, acaso herido por los pitidos que tuvo que soportar durante la proyección: sin duda el cineasta danés debe sentirse como el Marcel Duchamp del cine contemporáneo, alguien que no soporta que sean los críticos y no los artistas los que decidan qué es arte o qué no lo es. La excentricidad de Lars von Trier, por otro lado, es una excelente arma publicitaria, a mi juicio no más condenable que cualquiera de las exageradamente caras campañas de mercado que realizan metódicamente los grandes estudios de Hollywood: pese a que Lars von Trier cuenta con envidiables medios para llevar a cabo sus proyectos, desde luego no dispone de los infinitos recursos de, pongo por caso, Jerry Bruckheimer, algo que ha sabido contrarrestar, salvandor las distancias, creando un producto en torno a sí mismo, presentando sus películas con su nombre en letras capitales (a menudo en un tamaño mayor que el propio título del film) y haciendo que su presencia en los festivales sea una atracción más comentada que las películas que presenta.
Sirva lo dicho anteriormente como demostración de que Lars von Trier es alguien cuya inteligencia está por encima de la locura que a veces se le atribuye, y esto es algo que se refleja también en su obra (lo que es, al fin y al cabo, lo único que debe interesarnos de cualquier artista). En sus películas suele llamar la atención que el director busque experimentar y/o provocar exponiendo deliberadamente los artificios del arte cinematográfico, con cámaras al hombro, torpes enfoques, saltos de raccord o decorados pintados con tiza, pero muchos no ven que tras esas anáquicas indagaciones se desarrolla casi siempre un guión nada azaroso, donde todo está calculado al milímetro y los acontecimientos se van sucediendo sin altibajos, llevándonos con fluidez desde un arranque de normalidad hasta un tramo final fatal o caótico. En ese sentido, puede que Lars von Trier sea uno de los mejores guionistas de su tiempo, al menos si nos centramos en escritores de guiones "clásicos", que siguen respetando la linealidad de los relatos y la acepción tradicional de exposición, desarrollo y desenlace (en contraposición a las permutaciones narrativas tan de moda en los guionistas americanos contemporáneos). Esa destreza no parece provenir de un talento natural sino de su inteligencia, lo que conlleva que las historias de Lars von Trier se vean a veces contaminadas de una excesiva intelectualidad, que sus personajes nos sorprendan puntualmente con sesudas verborreas que desencajan en medio de películas aparentemente tan irreflexivas como Los idiotas o El jefe de todo esto.
Por ello, Anticristo es tal vez el film más interesante concebido por Lars von Trier en muchos años, ya que, aunque no faltan en él un puñado de profundos coloquios entre sus dos únicos personajes (interpretados por dos descomunales Willem Dafoe y Charlotte Gainsbourg) en su guión no se hace tan palpable el frío cálculo con el que su autor dio forma a películas como Bailar en la oscuridad, Dogville o Manderlay, aquí los hechos parecen seguir un curso que obedece a un instinto artístico que al final se termina traduciendo en una extrañísima belleza: de la misma manera que se puede ver a Dreyer en la génesis (no en la forma) de Rompiendo las olas, también hay mucho de Tarkovski escondido entre las imágenes de Anticristo, más incluso que en las películas de directores como Aleksandr Sokúrov, Nuri Bilge Ceylan o Andrey Zvyagintsev, quienes la crítica suele citar como herederos del cineasta soviético. Lo irónico del asunto es que el valor de Anticristo no se limita en absoluto a su plástica, ya que es un film de un contenido racional endiabladamente complejo, tanto es así que su disfrute sólo es posible cuando se consigue comprender su discurso, lo cual es una tarea sumamente complicada. Anticristo arranca en el momento en el que el matrimonio protagonista pierde a su único hijo mientras disfrutan del sexo, y desde este mismo momento empiezan a aparecer significantes en cada imagen, de los que destacan el hecho de que el director dedique un primer plano al coito en sí, que en medio de unas imágenes idealizadas nos sugiere el carácter animal del ser humano mientras copula, y cómo Lars von Trier subraya el dato de que la madre disfruta del acto mientras pierde al pequeño. La sexualidad femenina es uno de los conceptos más trabajados en una historia donde la naturaleza no admite que la hembra humana anteponga otras prioridades a la procreación y al cuidado de las crías, y en la que el hombre tampoco sabe vivir con esa contradicción: al contrario que en las sociedades medievales, donde las mujeres eran quemadas por brujería, el hombre moderno intenta resolver todos sus problemas racionalmente, usando armas como el psicoanálisis, sin ni siquiera ceder ante el deseo sexual de su compañera en los momentos en los que el placer físico les libraría a ambos de su ansiedad espiritual, una actitud cuyo fracaso irá convirtiendo la vida de ambos en un infierno: Anticristo es una de las obras de arte más desoladoras que ha dado el cine desde Sacrificio. Andréi Tarkovski no podría haber recibido mejor tributo.
'Antichrist' - Lars von Trier - 2009 [ficha técnica]
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martes 25 de agosto de 2009
Enemigos públicos
Durante un tiempo, todos hablaban de Michael Mann como el director que había desperdiciado la oportunidad de juntar en un único plano a Robert De Niro y Al Pacino. Ambos actores eran enemigos en la ficción de Heat, pero Mann se sacó de la manga una escena imposible para que tuvieran un largo encuentro. Sin embargo, llegado el momento, el director rodó la secuencia con un oficio excesivo, resolviéndola entera con planos de Pacino y contraplanos de De Niro, tras lo cual se rumoreó que los dos actores nunca coincidieron en el set de rodaje. A pesar de (o precisamente por) esto, al cabo del tiempo, Heat ha terminado siendo recordada no por su lujoso reparto (por allí pululaban también estrellas del caché de Val Kilmer, Jon Voight o Natalie Portman) sino por sus logradas escenas de acción, hasta el punto de convertirse en un hito dentro del género, como demuestra el hecho de que Christopher Nolan la tuviera muy presente cuando rodó El caballero oscuro, tal vez la superproducción cinematográfica más importante de los últimos años.
Viendo Enemigos públicos se tiene la sensación de que Michael Mann es consciente de la importancia que ha ido adquiriendo con los años su película Heat y parece haberse servido de las desventuras de John Dillinger para hacer una especie de tributo a sí mismo bajo la forma de una relectura de aquél título. Aquí, De Niro y Pacino han sido sustituidos por Johnny Depp y Christian Bale (acaso con la esperanza de que estos actores lleguen a ser alguna vez lo que fueron aquellos) para protagonizar una trama muy similar, sin faltar el obligatorio enfrentamiento dialéctico entre uno y otro (esta vez dentro de una situación menos forzada, en un momento en el que Dillinger está entre rejas y es visitado por el detective Melvin Purvis) como preludio del enfrentamiento físico final, y donde se han cuidado por encima de todo las escenas de acción (que no desmerecen para nada a su precedente) y el carisma de sus protagonistas. Como contrapartida, queda un guión a ratos bastante pobre, sobre todo en lo que respecta a las motivaciones y relaciones de sus personajes (véase con qué facilidad el gélido Dillinger se enamora de Billie, la joven encarnada por Marion Cotillard), demasiado centrado en hacer convivir el tópico de "el malo bueno" sin compensarlo con un ápice de injusticia por parte del que, por otra parte, es "el bueno bueno" (explicando cualquier traspiés de Purvis como consecuencia de una mala decisión de su superior o un error de sus compañeros). Sin embargo, estas carencias también tienen su compensación, en el sentido de que Mann rehace su propio cine sin renunciar a una experimentación radicalmente contraria al academicismo del que hizo gala en los noventa. Lo más llamativo de Enemigos públicos es su arriesgado uso del formato digital en alta definición, cuyo efecto no está muy en consonancia con el realismo que su autor buscaba (según ha declarado en varias entrevistas): esa extraña saturación de cromatismos que tiene lugar cuando Mann emplaza su cámara digital en los interiores recuerda, sobre todo, a movimientos como el (hoy olvidado) Dogma, es decir, adquiere las connotaciones de un lenguaje que ponía en escena todos los artificios del cine. Así, Enemigos públicos pretende ser hiperrealista pero adquiere a menudo texturas irreales, casi abstractas, algo que no por fallido tiene por qué suponer un problema: yo apuesto a que Mann ha abierto un nuevo camino y que su película será un referente en el futuro.
'Public Enemies ' - Michael Mann - 2009 [ficha técnica]
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