Winter's Bone es una de esas películas que funcionan a pesar de su discutible caligrafía. La directora Debra Granik imprime un criterio de realización azaroso, sin un motivo claro a la hora de elegir tal o cual plano, y con un exceso de recurrencia hacia aleatorios emplazamientos de cámara: tan pronto pone el objetivo a ras de suelo como lo vuelve a situar a una altura convencional, dejando claro con ello que no se busca un significado concreto con estos caprichosos ángulos sino que sólo pretende dar al montaje un carácter nervioso (con unos problemas de raccord que, me temo, no son deliberados) no siempre apropiado para el tono del relato. Las secuencias de presentación de la adolescente Ree (Jennifer Lawrence), avanzan de esta guisa pero, por suerte, el desafortunado trazo de Granik no logra desdibujar otras facetas mucho más logradas, como son el elaborado diseño de producción de Mark White o el acertado cromatismo fotográfico de Michael McDonough, completamente afines al frío paisaje humano que rodea a la protagonista. La realizadora cuenta con este apoyo para extender una incisiva mirada sobre la pobreza cultural de los hillbillies residentes en cierta zona de Missouri que Daniel Woodrell, autor de la novela homónima, conoce perfectamente, y Granik describe las costumbres de los pobladores de la región con eminente mala uva ya que, aunque parece contar con la colaboración de habitantes reales para algunas escenas (como son el momento del concierto folk familiar), su mirada no es para nada amable hacia ellos, sino notablemente crítica. Véase ese punto de inflexión del relato que es la visita de Ree a una subasta del ganado donde el nervioso montaje antes citado equipara los orondos cuerpos de los vaqueros aglomerados en una grada con el hacinamiento de las reses preparadas para la subasta, o los gritos de la protagonista con los berridos de uno de los terneros. Sin embargo, lo más interesante no es ya esta descripción social sino el tratamiento que la directora hace del camino iniciático emprendido por la protagonista, cuyo aprendizaje no connota algo positivo sino una manera de cerrar tan hermética sociedad sobre sí misma. Así, la escena final de la motosierra, una especie de catártico bautismo de sangre para Ree impulsado por sus coterráneas de mayor edad, se corresponde con la manera en la que, en otro momento, la propia joven anima a sus hermanos pequeños a destripar una ardilla. Es uno de los niños, la pequeña Ashlee (Ashlee Thompson), una figura fundamental para entender la mirada de la directora, ya que la pequeña personifica mejor que nadie esa terrible espiral de hermetismo como consecuencia de un relevo generacional, especialmente por parte de las mujeres, que perpetúa la moral de los adultos. Hay detalles tan sutiles como la manera en la que Ashlee incordia a su hermano para despertarlo al principio de la película, que es similar a la forma en la que el tío de Ree despertará a ésta más adelante; la habilidad que Ashlee tiene para encontrar ardillas cuando los hermanos salen de cacería, o el plano, una vez finalizados los títulos de crédito, de Ashlee correteando con dos palitos en la cabeza a modo de cuernos (de nuevo la cruel equiparación del personaje con el ganado), pero no hay una imagen tan reveladora como el inverosímil plano final de Ashlee tomando el banjo de su padre y tocándolo con una fantástica habilidad, una manera tajante de envenenar el final feliz sugiriendo que en el futuro los personajes tendrán más de lo mismo.
Winter's Bone - Debra Granik - 2010 [ficha técnica]
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martes, 15 de marzo de 2011
viernes, 25 de febrero de 2011
Cisne negro
Al igual que muchos de sus congéneres, Darren Aronofsky es un cineasta para el cual la construcción narrativa es el elemento más importante de una filmación. Su interés por proponer estructuras enmarañadas en lo que se refiere a tiempo, espacio y/o punto de vista es casi compulsiva, algo que hace que sus proyectos se conviertan en algo traumático o que los guiones de sus películas, ya sean propios o ajenos, tarden años en cerrarse. El luchador, una excepción en su filmografía por su inusual simpleza y linealidad, fue un trabajo en el que, por primera vez, se ofreció a seguir de cerca a sus protagonistas sin pretender redescubrir las posibilidades narrativas del lenguaje cinematográfico, aprendiendo con ello una lección que ha sabido aplicar a la hora de volver a experimentar con los laberintos expositivos en Cisne negro. Su última película es la que mejor resume la breve carrera del cineasta, volviendo a ser un trabajo de barroca construcción pero en torno a un único personaje, el de la bailarina Nina Sayers (Natalie Portman), que vendría a ser un trasunto del interpretado por Mickey Rourke en el anterior largometraje del realizador. Es cierto que aquí vuelve a contar con otro guión de un Mark Heyman (y dos colaboradores) poco afortunado en la definición de caracteres, y no se entiende que, en un relato perfilado tortuosamente con tiralíneas, la mayoría de los secundarios que acompañan a la protagonista, como Lily (Mila Kunis), Thomas (Vincent Cassel), Erica (Barbara Hershey) o Beth (Winona Ryder), estén definidos con trazo grueso y con una inexistente evolución psicológica, pero también es cierto que esto vuelve a compensarse con una magistral dirección de actores ya demostrada (véase a Ellen Burstyn en Réquiem por un sueño) y que en el caso de la intervención de Natalie Portman supone un trabajo monumental, un ejercicio de entrega total no sólo en los momentos más viscerales, también cuando interpreta a una Nina inocente que llora a moco tendido cuando llama a su madre para darle una buena noticia.
Aronofsky sigue a su peculiar protagonista de la misma manera que lo hizo en El luchador, con ese tipo de plano tan de moda que podríamos denominar travelling objetivo (ése que sigue el movimiento del personaje mostrando su cogote), habitual en ciertos paladines del hiperrealismo con pretensiones muy alejadas de las de Aronofsky, como Gus Van Sant, Cristian Mungiu o los hermanos Dardenne, un tipo de plano fundamental dentro de un estilo que permitió al director observar de cerca y con enorme respeto a una estrella de un universo tan contracultural como la lucha libre, y que ahora le permite dar la vuelta al carácter que para el espectador tiene un arte supuestamente etéreo como el ballet, y lo hace con enorme minuciosidad: una perfecta metáfora de la idea de la danza que se quiere transmitir se da en una secuencia de corte documental que tiene lugar al principio, cuando Nina destroza sus flamantes zapatillas para facilitar sus movimientos, algo que anticipa el castigo físico que las bailarinas sufren en sus propios cuerpos y que el film mostrará más adelante (no van mal encaminados quienes han visto en Aronofsky un digno sucesor de David Cronenberg y su obsesión por las heridas de la carne).
Cisne negro no sólo es la historia de una compañía de ballet que adapta El lago de los cisnes, también es, en si misma, una adaptación libre de la obra de Chaikovski (y una oportunidad de oro para el compositor Clint Mansell, verdadero coautor de casi toda la obra de Aronofsky) en la cual se desarrolla una brillante idea en torno a la doble moral de un arte que impide el desarrollo vital del artista. El ballet es una verdadera tortura para sus ejecutantes, lo cual, para Aronofsky, supone una contradicción: los personajes llegan a la cúspide de su formación tras una vida de martirio pero es imposible alcanzar la plenitud artística sin llegar antes a la completa liberación personal. Nina vive un abrupto y tardío despertar sexual y se enfrenta a un mundo nuevo en algo que hasta entonces le había sido, si no prohibido, sí escamoteado. Por ello el cisne negro del título constituye algo negativo o positivo en función del momento en el que nos encontremos dentro de la evolución del personaje. En ese sentido, el uso de los negros y los blancos deviene fundamental tanto en el trabajo fotográfico de Matthew Libatique como en los constantes detalles de vestuario (por ejemplo, el top negro que Lily presta a Nina en su primera noche de juerga, o el atuendo de su madre cada vez que se entromete en su intimidad), algo que es especialmente notable conforme Lily se presenta para Nina como inalcanzable modelo de libertinaje, como objeto de deseo sexual, como rival a batir o como todo ello a la vez. Y es en torno a la relación de Nina con su impúdica antagonista como se introduce la última gran idea desarrollada en el film, y es la mente trastornada de la protagonista como motor de la dualidad antes citada (del arte reprimido y de la libertad sexual) que hace que en ningún momento se tenga la certeza de que lo que vemos ocurra realmente dentro de la ficción del relato o como producto de los delirios de su desequilibrada protagonista.
'Black Swan' - Darren Aronofsky - 2010 [ficha técnica] ... leer más
Aronofsky sigue a su peculiar protagonista de la misma manera que lo hizo en El luchador, con ese tipo de plano tan de moda que podríamos denominar travelling objetivo (ése que sigue el movimiento del personaje mostrando su cogote), habitual en ciertos paladines del hiperrealismo con pretensiones muy alejadas de las de Aronofsky, como Gus Van Sant, Cristian Mungiu o los hermanos Dardenne, un tipo de plano fundamental dentro de un estilo que permitió al director observar de cerca y con enorme respeto a una estrella de un universo tan contracultural como la lucha libre, y que ahora le permite dar la vuelta al carácter que para el espectador tiene un arte supuestamente etéreo como el ballet, y lo hace con enorme minuciosidad: una perfecta metáfora de la idea de la danza que se quiere transmitir se da en una secuencia de corte documental que tiene lugar al principio, cuando Nina destroza sus flamantes zapatillas para facilitar sus movimientos, algo que anticipa el castigo físico que las bailarinas sufren en sus propios cuerpos y que el film mostrará más adelante (no van mal encaminados quienes han visto en Aronofsky un digno sucesor de David Cronenberg y su obsesión por las heridas de la carne).
Cisne negro no sólo es la historia de una compañía de ballet que adapta El lago de los cisnes, también es, en si misma, una adaptación libre de la obra de Chaikovski (y una oportunidad de oro para el compositor Clint Mansell, verdadero coautor de casi toda la obra de Aronofsky) en la cual se desarrolla una brillante idea en torno a la doble moral de un arte que impide el desarrollo vital del artista. El ballet es una verdadera tortura para sus ejecutantes, lo cual, para Aronofsky, supone una contradicción: los personajes llegan a la cúspide de su formación tras una vida de martirio pero es imposible alcanzar la plenitud artística sin llegar antes a la completa liberación personal. Nina vive un abrupto y tardío despertar sexual y se enfrenta a un mundo nuevo en algo que hasta entonces le había sido, si no prohibido, sí escamoteado. Por ello el cisne negro del título constituye algo negativo o positivo en función del momento en el que nos encontremos dentro de la evolución del personaje. En ese sentido, el uso de los negros y los blancos deviene fundamental tanto en el trabajo fotográfico de Matthew Libatique como en los constantes detalles de vestuario (por ejemplo, el top negro que Lily presta a Nina en su primera noche de juerga, o el atuendo de su madre cada vez que se entromete en su intimidad), algo que es especialmente notable conforme Lily se presenta para Nina como inalcanzable modelo de libertinaje, como objeto de deseo sexual, como rival a batir o como todo ello a la vez. Y es en torno a la relación de Nina con su impúdica antagonista como se introduce la última gran idea desarrollada en el film, y es la mente trastornada de la protagonista como motor de la dualidad antes citada (del arte reprimido y de la libertad sexual) que hace que en ningún momento se tenga la certeza de que lo que vemos ocurra realmente dentro de la ficción del relato o como producto de los delirios de su desequilibrada protagonista.
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sábado, 19 de febrero de 2011
Valor de ley (True Grit)
Si bien no hay que olvidar la aparición de numerosos personajes característicos del imaginario de los Hermanos Coen, como son el hombre oso (Ed Corbin) o los secuaces del forajido Lucky Ned Pepper (Barry Pepper), y que también hay mucho de su frontal punto de vista de la violencia en las ejecuciones por ahorcamiento o la brillante secuencia de la cabaña, en líneas generales, la última película de los Coen termina siendo un western más asociado a lo que se considera convencional en el estado actual del género que a una posible voluntad por parte de los cineastas de transgredir los parámetros establecidos, voluntad que se les ha venido atribuyendo, no siempre acertadamente, en cada uno de los catorce largometrajes que han escrito y dirigido. A estas alturas puede que debamos preguntarnos, no ya si los Coen siguen siendo los enfant terribles de Sangre fácil o Arizona baby, sino si lo han sido realmente alguna vez. Si nos fijamos en alguno de los cineastas americanos más relevantes de la generación posterior (por ejemplo, Quentin Tarantino, Christopher Nolan, Darren Aronofsky o Bryan Singer) vemos que casi nunca han buscado influencias en las raíces de la cultura americana sino en sus secuelas populares, como son los cómics, el cine de serie B o la música pop. Los Coen, sin embargo, siempre se han inspirado en personalidades del siglo XX mucho mejor vistas desde un punto de vista académico, como son Dashiell Hammett (Muerte entre las flores), Edward Hopper (Barton Fink), Frank Capra (El gran salto), James Cain (El hombre que nunca estuvo allí) o Cormac McCarthy (No es país para viejos), por eso es lógico que a la hora de afrontar True grit partieran de la novela homónima de Charles Portis en lugar de la popular adaptación para el cine de Henry Hathaway o su secuela El rifle y la biblia, y no es en absoluto una provocación que gran parte de los implicados en este film hayan declarado que no han visto la versión de Hathaway o no se acuerdan de cuando lo hicieron. Por todo ello, era de esperar que la incursión de los hermanos Coen en el más americano de los géneros diera como resultado un título no sólo excelentemente escrito (sobre todo en su parte dialogada), filmado (con una inteligente utilización del punto de vista) e interpretado (por cualquiera de los cinco actores principales, Jeff Bridges, Matt Damon, Josh Brolin, Barry Pepper y la joven Hailee Steinfeld, todo un descubrimiento), también es un western muy respetuoso con los requisitos del género, tanto que tal vez peque de un exceso de grandilocuencia en su complaciente tramo final, si bien esto queda rectificado en un imprescindible epílogo, en el que la idea principal del relato, la evolución de los personajes del implacable Rooster Cogburn y la pequeña Mattie Ross en torno a la admiración mutua, se hace física mediante la amputación en el cuerpo de la pequeña, quien vivirá el resto de su vida con una marca similar al parche en el ojo de Cogburn.
'True Grit' - Ethan Coen, Joel Coen - 2010 [ficha técnica] ... leer más
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martes, 8 de febrero de 2011
Amor y otras drogas
Pese a estar repleto de incontables clichés de la comedia juvenil de destape (el protagonista conquistador, el ex-novio perfecto y celoso, el compañero gordo y gracioso, las fiestas con chicas en sujetador y besos lésbicos...) el guión para Amor y otras drogas escrito por el propio director de la cinta, Edward Zwick, junto a su habitual colaborador Marshall Herskovitz y al productor Charles Randolph no deja de ser una interesante adaptación del libro autobiográfico de Jamie Reidy Hard Sell: The Evolution of a Viagra Salesman, donde Reidy detalla sus años trabajando para la farmacéutica Pfizer y vendiendo la que tal vez sea la droga más exitosa de los noventa: Viagra. A partir de la historia de Reidy, los artífices de Amor y otras drogas componen el ascenso social de Jamie Randall (Jake Gyllenhaal), inexperto vendedor de antidepresivos del laboratorio Pfizer que va ganando popularidad a medida que hace uso de sus dotes seductoras para ganarse la confianza de las empleadas de consultas médicas donde consigue colocar muestras de Zoloft y retirar las de la competencia (Prozac).
El paralelismo existente entre el ascenso social del personaje y el progreso en sus conquistas sexuales, potenciado por el lanzamiento de Viagra por parte de Pfizer, es algo que Zwick y sus colegas no desaprovechan, y abordan subrayando la relación de Jamie con las mujeres, sobre todo en dos casos: por un lado, de manera intermitente, el protagonista se encuentra con una mujer (Katheryn Winnick) que confiesa acostarse sólo con médicos, suponiendo así un objetivo, en principio, inalcanzable para el conquistador, una fantasía a la que Jamie se refiere con un nombre inventado, "Lisa"; por otro lado está el affaire principal del relato, para el cual los artífices de Amor y otras drogas cuentan con una acertadísima Anne Hathaway, una actriz cuya entrega no sólo es interpretativa, también se nos presenta con una falta de pudor admirable y acorde con las exigencias del relato. Porque su personaje, Maggie Murdock, una paciente desequilibrada y enferma de Parkinson, no tardará en convertirse en objeto de deseo de Jamie y los desnudos de Hathaway, lejos de resultar gratuitos, son una manera tan válida como otra cualquiera de hacer creíble la atracción que Jamie siente por ella: si se tiene en cuenta que el joven puede poseer a casi cualquier mujer, era necesario destacar de alguna manera a Maggie a sus ojos, para ello Zwick plantea en off casi todos los encuentros sexuales del protagonista a excepción de los que tiene con Maggie, cuyo atractivo para aquél queda claro desde su primera aparición cuando, con sorprendente naturalidad, no tiene reparos en enseñar un pecho.
Durante más de la mitad del film, la historia de Jamie y Maggie se desarrolla movida únicamente por la pulsión sexual, pero únicamente hasta un punto de inflexión del relato: la secuencia en la que Jamie, tras charlar con un desconocido cuya esposa padece Parkinson en un estado mucho más avanzado, es consciente de la verdadera dimensión de la enfermedad de Maggie y, en adelante, Jamie tendrá otra imagen de ella (no por casualidad, el espectador no volverá a verla desnuda). Desafortunadamente, el tono de la comedia de Zwick se vuelve algo más errático a partir de ahí, con varios altibajos que pasan por un malogrado episodio en el que Jamie y su hermano son invitados a una fiesta de pijama, donde el protagonista logra por fin tener sexo con Lisa. Un hecho que esconde un detalle negativo del personaje que Zwick, en el edulcorado desenlace, parece pasar por alto, y es que Jamie sólo será fiel a una única mujer, en la salud y en la enfermedad, cuando se haya acostado con todas las demás.
'Love and Other Drugs' - Edward Zwick - 2010 [ficha técnica]
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El paralelismo existente entre el ascenso social del personaje y el progreso en sus conquistas sexuales, potenciado por el lanzamiento de Viagra por parte de Pfizer, es algo que Zwick y sus colegas no desaprovechan, y abordan subrayando la relación de Jamie con las mujeres, sobre todo en dos casos: por un lado, de manera intermitente, el protagonista se encuentra con una mujer (Katheryn Winnick) que confiesa acostarse sólo con médicos, suponiendo así un objetivo, en principio, inalcanzable para el conquistador, una fantasía a la que Jamie se refiere con un nombre inventado, "Lisa"; por otro lado está el affaire principal del relato, para el cual los artífices de Amor y otras drogas cuentan con una acertadísima Anne Hathaway, una actriz cuya entrega no sólo es interpretativa, también se nos presenta con una falta de pudor admirable y acorde con las exigencias del relato. Porque su personaje, Maggie Murdock, una paciente desequilibrada y enferma de Parkinson, no tardará en convertirse en objeto de deseo de Jamie y los desnudos de Hathaway, lejos de resultar gratuitos, son una manera tan válida como otra cualquiera de hacer creíble la atracción que Jamie siente por ella: si se tiene en cuenta que el joven puede poseer a casi cualquier mujer, era necesario destacar de alguna manera a Maggie a sus ojos, para ello Zwick plantea en off casi todos los encuentros sexuales del protagonista a excepción de los que tiene con Maggie, cuyo atractivo para aquél queda claro desde su primera aparición cuando, con sorprendente naturalidad, no tiene reparos en enseñar un pecho.
Durante más de la mitad del film, la historia de Jamie y Maggie se desarrolla movida únicamente por la pulsión sexual, pero únicamente hasta un punto de inflexión del relato: la secuencia en la que Jamie, tras charlar con un desconocido cuya esposa padece Parkinson en un estado mucho más avanzado, es consciente de la verdadera dimensión de la enfermedad de Maggie y, en adelante, Jamie tendrá otra imagen de ella (no por casualidad, el espectador no volverá a verla desnuda). Desafortunadamente, el tono de la comedia de Zwick se vuelve algo más errático a partir de ahí, con varios altibajos que pasan por un malogrado episodio en el que Jamie y su hermano son invitados a una fiesta de pijama, donde el protagonista logra por fin tener sexo con Lisa. Un hecho que esconde un detalle negativo del personaje que Zwick, en el edulcorado desenlace, parece pasar por alto, y es que Jamie sólo será fiel a una única mujer, en la salud y en la enfermedad, cuando se haya acostado con todas las demás.
'Love and Other Drugs' - Edward Zwick - 2010 [ficha técnica]
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viernes, 4 de febrero de 2011
Más allá de la vida
El título escogido en castellano para el último film de Clint Eastwood es un fallido intento a la hora de encontrar la mejor traducción a Hereafter, un termino que puede traducirse bien como "el más allá" o bien como "en lo sucesivo" o (como se tradujo en el caso del film de Atom Egoyan The Sweet Hereafter) "el porvenir", y cuya semántica viene como un guante a la dualidad semántica que a su vez tiene el guión de Peter Morgan o, al menos, la lectura que de éste hace Clint Eastwood, ya que Hereafter esconde bajo la apariencia de un tratado sobre el más allá la historia de tres personajes que miran con aflicción hacia un porvenir incierto, personajes que son en gran medida tres representaciones de otros tantos caracteres habituales en el cine de Eastwood: George Lonegan (Matt Damon), un hombre sencillo de la américa profunda; Marie LeLay (Cécile De France), una mujer sola contra el mundo, y el pequeño Marcus (Frankie/George McLaren), un ejemplo de infancia desdichada. Y hay que dejar claro que lo que se cuenta en el film es el devenir errático de estos tres personajes, y ello se hace en clave de drama; en ese sentido el título "Más allá de la vida", pese a ser más parcial que el original, al menos no promete nada raro al espectador, como se ha hecho en la distribución americana del film según la cual, y como puede leerse en la entrada de Wikipedia en inglés sobre Peter Morgan, Hereafter es "un thriller sobrenatural en la línea de El sexto sentido", afirmación tras la cual no sería de extrañar que la película hubiera resultado decepcionante para espectadores (y hasta especialistas) engañados no sólo por estas desafortunadas afirmaciones, también por su llamativo poster estilo "thriller científico", o por la ya célebre escena que recrea el tsunami real que tuvo lugar en el océano Índico en 2004, una escena en la que se nota la presencia de Steven Spielberg en la producción, por tener una construcción muy similar al primer ataque extraterrestre mostrado en La guerra de los mundos, si bien Eastwood, de manera muy acertada, toma prestado este elemento sin recrearse más de lo necesario en su espectacularidad, sólo se vale de él en cuanto tarjeta de presentación en la que se introduce no tanto una película de atracciones como un relato marcado por la tragedia.
Porque las vivencias de los protagonistas de Hereafter se describen en base a una sucesión de situaciones de contenida amargura en las que Eastwood jamás cae en la sensiblería, e intenta conservar un tono sobrio en el que ni siquiera desentona una catástrofe natural, un accidente de tráfico o un atentado. En ese sentido, se agradece que, a diferencia de lo que suele hacer en sus dramas, Eastwood apenas recurra a los recursos musicales como subrayado en los momentos más emotivos (salvo un par de ocasiones en torno a Marie) siendo ejemplar la ventaja que el film obtiene de los silencios durante muchas de las secuencias climáticas de la película, por ejemplo, durante la presentación de Marcus y su hermano Jason, con la posterior aparición de la madre de ambos, Jackie (Lyndsey Marshal), momento éste con una planificación casi milimetrada que ofrece, en un par de minutos y sin apenas diálogos, una descripción completa de la forma de ser y las motivaciones de cada uno de ellos, pasando a un hecho en el que queda claro que ni el guión de Morgan ni la realización de Eastwood juzgan a ninguno de los personajes: por más que Jackie llegue a casa ebria y con pinchazos de aguja en los brazos, será el pequeño Jason con la ayuda de su tímido hermano el que se las arregle para convencer a los servicios sociales de que se trata de una madre ejemplar, y hacerles ver que realmente siente amor por sus hijos, siendo ésta una manera magistral de incrementar aún más el carácter trágico del momento que posteriormente vivirá la familia, es decir, de hacer un subrayado en el lado emocional y no en el espectacular. No menos grave se nos presenta la pesada carga con la que tiene que vivir el buenazo de George, cuya habilidad para comunicarse con el más allá no es una virtud sino una maldición, cuando conoce a una mujer tan espectacular y agradable como Melanie (Bryce Dallas Howard) y Eastwood se toma su tiempo para describir la relación entre ambos, haciendo que cada vez parezcan más atraídos el uno por el otro, hasta el momento en el que es Melanie la que propone a George cenar en casa de éste, lugar donde el relato dará por finalizado el affair de un plumazo y con una dureza no por contenida menos insoportable, sobre todo cuando veamos que a George no le queda otra cosa para aferrarse a la existencia que sus solitarias audiciones de Dickens y que Melanie ni siquiera volverá al curso de cocina donde se conocieron. Y es que Hereafter sería, pese a su apariencia tranquila, uno de los trabajos más duros en la carrera del director de Sin perdón y Mystic River, si no fuera porque ofrece en sus minutos finales el positivismo con el que viene cerrando sus películas desde Cartas desde Iwo Jima, una tendencia de la que podemos intuir que Clint Eastwood, a diferencia de otros maestros, ha llegado a la vejez con optimismo.
'Hereafter' - Clint Eastwood - 2010 [ficha técnica]
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Porque las vivencias de los protagonistas de Hereafter se describen en base a una sucesión de situaciones de contenida amargura en las que Eastwood jamás cae en la sensiblería, e intenta conservar un tono sobrio en el que ni siquiera desentona una catástrofe natural, un accidente de tráfico o un atentado. En ese sentido, se agradece que, a diferencia de lo que suele hacer en sus dramas, Eastwood apenas recurra a los recursos musicales como subrayado en los momentos más emotivos (salvo un par de ocasiones en torno a Marie) siendo ejemplar la ventaja que el film obtiene de los silencios durante muchas de las secuencias climáticas de la película, por ejemplo, durante la presentación de Marcus y su hermano Jason, con la posterior aparición de la madre de ambos, Jackie (Lyndsey Marshal), momento éste con una planificación casi milimetrada que ofrece, en un par de minutos y sin apenas diálogos, una descripción completa de la forma de ser y las motivaciones de cada uno de ellos, pasando a un hecho en el que queda claro que ni el guión de Morgan ni la realización de Eastwood juzgan a ninguno de los personajes: por más que Jackie llegue a casa ebria y con pinchazos de aguja en los brazos, será el pequeño Jason con la ayuda de su tímido hermano el que se las arregle para convencer a los servicios sociales de que se trata de una madre ejemplar, y hacerles ver que realmente siente amor por sus hijos, siendo ésta una manera magistral de incrementar aún más el carácter trágico del momento que posteriormente vivirá la familia, es decir, de hacer un subrayado en el lado emocional y no en el espectacular. No menos grave se nos presenta la pesada carga con la que tiene que vivir el buenazo de George, cuya habilidad para comunicarse con el más allá no es una virtud sino una maldición, cuando conoce a una mujer tan espectacular y agradable como Melanie (Bryce Dallas Howard) y Eastwood se toma su tiempo para describir la relación entre ambos, haciendo que cada vez parezcan más atraídos el uno por el otro, hasta el momento en el que es Melanie la que propone a George cenar en casa de éste, lugar donde el relato dará por finalizado el affair de un plumazo y con una dureza no por contenida menos insoportable, sobre todo cuando veamos que a George no le queda otra cosa para aferrarse a la existencia que sus solitarias audiciones de Dickens y que Melanie ni siquiera volverá al curso de cocina donde se conocieron. Y es que Hereafter sería, pese a su apariencia tranquila, uno de los trabajos más duros en la carrera del director de Sin perdón y Mystic River, si no fuera porque ofrece en sus minutos finales el positivismo con el que viene cerrando sus películas desde Cartas desde Iwo Jima, una tendencia de la que podemos intuir que Clint Eastwood, a diferencia de otros maestros, ha llegado a la vejez con optimismo.
'Hereafter' - Clint Eastwood - 2010 [ficha técnica]
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sábado, 29 de enero de 2011
Lo mejor de 2010
Mis favoritas:
Y ahora, lo que opinan los demás. Empecemos con Cahiers du cinéma España:
- Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas
- Copia certificada
- Film Socialisme
- Two lovers
- Ne Change Rien
- La red social
- Fantástico Sr. Fox
- La cinta blanca
- En tierra hostil
- El escritor
Fotogramas:
- Españolas:
- Extranjeras:
Miradas de cine:
- Favoritas:
- La red social
- Two lovers
- Toy Story 3
- Un profeta
- La cinta blanca
- Shutter Island
- Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas
- El escritor
- Un tipo serio
- Copia certificada
- Fantástico Sr. Fox
- Film Socialisme
- Origen
- Canino
- Teniente corrupto
- Poesía
- Vincere
- Exit Through the Gift Shop
- Ne Change Rien
- Scott Pilgrim contra el mundo
- Sobrevaloradas:
Cahiers du cinéma Francia:
- Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas
- Teniente corrupto
- Film Socialisme
- Toy Story 3
- Fantástico Sr. Fox
- Un tipo serio
- Morrer como um homem
- La red social
- Chouga
- Mother
Sight & Sound:
- La red social
- Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas
- Another Year
- Carlos
- The Arbor
- Winter's Bone
- Io sono l'amore (Yo soy el amor)
- Autobiografia lui Nicolae Ceausescu
Film Socialisme
Nostalgia de la luz
Poesía
Un profeta
Votos de Cahiers España:
| Àngel Quintana | |
| Antonio Santamarina | |
| Asier Aranzubia Cob | |
| Carlos F. Heredero | |
| Carlos Losilla | |
| Carlos Reviriego | |
| Eulàlia Iglesias | |
| Fran Benavente | |
| Gonzalo De Lucas | |
| Gonzalo De Pedro | |
| Jaime Pena | |
| José Antonio Hurtado | |
| José Enrique Monterde | |
| José Manuel López Fernández | |
| Roberto Cueto |
Votos de Fotogramas:
| Españolas | Extranjeras | |
| Tonio L. Alarcón | ||
| Raúl Alda | ||
| Ricardo Aldarondo | ||
| Jordi Batlle Caminal | ||
| Alberto Bermejo | ||
| Lluís Bonet Mojica | ||
| Carlos Boyero | ||
| David Broc | ||
| Conxita Casanovas | ||
| Quim Casas | ||
| Ramón Colom | ||
| Jordi Costa | ||
| Desirée De Fez | ||
| Eduardo De Vicente | ||
| Oriol Esteve García | ||
| Miguel Anxo Fernández | ||
| Fausto Fernández | ||
| Carlos F. Heredero | ||
| Álex Gorina | ||
| La Redacción De Fotogramas | ||
| José María Latorre |
| |
| Carlos Losilla | ||
| Lo Que Yo Te Diga | ||
| Carlos Marañón | ||
| Antón Merikaetxebarría | ||
| Mr. Belvedere | ||
| Pepe Nieves | ||
| Jesús Palacios | ||
| Carmen Puyó | ||
| Àngel Quintana |
| |
| Oti Rodríguez Marchante | ||
| Sofía Carlota Rodríguez | ||
| Rubén Romero | ||
| Sergi Sánchez | ||
| Juan Sardá | ||
| Mirito Torreiro | ||
| Antonio Trashorras | ||
| Vicente Vergara | ||
| Nuria Vidal | ||
| Manu Yáñez Murillo |
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listas,
lo mejor del año
lunes, 24 de enero de 2011
El demonio bajo la piel
Muchos cineastas como Michael Haneke nos recuerdan insistentemente que no es necesario hacer explícita la violencia en la pantalla para alertarnos sobre ella, consiguiendo con ello películas que son a menudo una exigente prueba para los espectadores, quienes somos incapaces de soportar la violencia no mostrada, por más que los medios audiovisuales nos hayan inmunizado contra la violencia explícita. Eso no quiere decir, sin embargo, que la representación figurativa de la violencia no pueda también incomodar, lo que pasa es que, a estas alturas, es muy difícil no traspasar mediante la imagen en movimiento la línea que separa la repulsión hacia el acto violento de la atracción hacia ese mismo acto. El demonio bajo la piel cuenta con cuatro secuencias climáticas que describen los actos violentos de su protagonista y narrador, el ayudante de sheriff Lou Ford (Casey Affleck), y lo hacen alternando la violencia fuera de campo con una exposición deliberadamente frontal: por un lado, en un flashback se nos sugiere que un Lou Ford adolescente está violando a una pequeña de cinco años ante la mirada atónita de su hermano mayor, y de forma aún más sutil, mediante una elipsis, sabemos que Ford se ha deshecho de su cómplice, el adolescente Johnnie Pappas (Liam Aiken); por otro lado se nos muestra con insoportable claridad cómo Ford deforma el rostro de su amante, la prostituta Joyce Lakeland (Jessica Alba), mientras la golpea impulsivamente hasta matarla, y más tarde tampoco se nos ahorra la imagen de la agonía de la prometida de Ford después de que éste la golpee brutalmente en el estómago. El director Michael Winterbottom (quien, con esta particular participación en el cine negro, completa la filmografía más heterogénea del panorama mundial) realiza una filmación nada acomodaticia de la violencia, y lo hace utilizando formatos antagónicos pero con constante brillantez, sobre todo gracias a la impecable interpretación de Casey Affleck. Sin embargo, el trabajo de Winterbottom y Affleck queda malogrado al pasar por las exigencias de producción de El demonio bajo la piel, cuya ambientación "noir" obliga a recargar las imágenes con todo tipo de parafernalia de época, incluyendo unas nada afortunadas canciones populares de corte excesivamente frívolo, que suenan cada vez con más frecuencia a medida que la película se acerca a su tramo final, y que terminan dando la sensación de que los hechos son narrados con cierta ironía, imponiendo de este modo un inadecuado distanciamiento entre el espectador y la crudeza del material de partida.
'The killer inside me' - Michael Winterbottom - 2010 [ficha técnica] ... leer más
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martes, 11 de enero de 2011
No controles
Muchos críticos apostaron por Borja Cobeaga como una joven promesa en la comedia nacional, declarando que sería una lastima que el director desaprovechara en el futuro sus orígenes televisivos y abandonara un género tan necesario como desafortunado en nuesto cine, todo ello a raíz de la irregular Pagafantas, una película que, según Tonio L. Alarcón, "no intenta hacer reír a toda costa, sino que pone el acento en el desarrollo de los personajes, y en el reflejo de una generación que sigue sin saber lo que quiere de la vida" (Dirigido por..., junio de 2009). Pues bien, tal vez sea una buena noticia el hecho de que Cobeaga, en su segundo largometraje, no haya abandonado la comedia, pero hay que lamentar, y mucho, que el director haya otorgado casi al completo el espíritu de este nuevo proyecto a las temibles formas de lo peor de la comedia catódica, perdiendo entre otras cosas uno de los (pocos) aspectos realmente destacables de Pagafantas, me refiero a la mala uva con la que el autor trataba a su protagonista, una actitud mantenida hasta sus últimas consecuencias en aquel trabajo y de la que no queda rastro alguno en No controles. La razón tal vez sea una trama claramente edulcorada a base de clichés como consecuencia del amparo de Antena 3, una productora que, a estas alturas, se permite incluso sonrojantes marcas de autoría, como es la obligatoria escena (casi idéntica a otra que ya vimos en la infumable Fuga de cerebros) en la que el protagonista, siguiendo el consejo de sus amigos, baila con otra chica para provocar los celos de su amada, por no hablar de un reparto salpicado de rostros de la casa, del que se salva, por los pelos, el comedido trabajo de Alexandra Jiménez y la simpática composición de Julián López.
'No controles' - Borja Cobeaga - 2010 [ficha técnica] ... leer más
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lunes, 10 de enero de 2011
Teniente corrupto
A la hora de adaptar el guión del original Teniente corrupto escrito por el propio director de aquel film, Abel Ferrara, en colaboración con otros tres autores, una de las decisiones más interesantes tomadas por el cineasta Werner Herzog y/o el guionista William M. Finkelstein, gracias a la cual Herzog logra un punto de distinción con este remake, consiste en dar una vuelta de tuerca a las motivaciones de su protagonista: a diferencia del policia interpretado por Harvey Keitel en la versión de Ferrara, quien a lo largo del metraje le veíamos utilizando su poder para saciar toda clase de vicios al tiempo que se veía conmovido por el caso de violación de una joven monja, el teniente Terrence McDonagh (encarnado por un descomunal Nicholas Cage) es un agente de policia que va descendiendo progresivamente hacia un cada vez más lamentable infierno personal por culpa de su relación con Frankie (Eva Mendes), una prostituta de lujo, su adicción a las drogas (a las que se engancha para atenuar sus dolores físicos) y su afición a las apuestas, pero compagina su lado más abyecto con un envidiable ascenso profesional, conseguido principalmente gracias a una implacable investigación en el caso del asesinato de una familia afroamericana, investigación durante la cual el protagonista comete algunas atrocidades fruto de su sentido de la moral (cf. la escena en la que interroga a la abuela del único testigo del crimen, donde Terrence está a punto de matar a la anciana de la cual está a cargo quitándole el tubo de oxígeno) pero que, en líneas generales, demuestra una conducta ejemplar, no tolerando el más mínimo abuso policial sobre los implicados y dirigiendo con enorme inteligencia cada una de las operaciones. Para Herzog, las conductas más deplorables del protagonista son casi siempre una consecuencia indirecta de sus adicciones: por ejemplo, mientras el teniente de Ferrara detenía deliberadamente el coche de dos chicas para amenazarlas forzándolas a representar un numerito sexual, cuando Terrence detiene a una pareja de jovenes su único fin es requisarles la droga que llevan encima, aunque después termine teniendo sexo con la chica debido a la actitud promiscua de ésta y al temor de la pareja a ser delatados a sus padres.
Menos afortunado es el desenlace que Herzog / Finkelstein proponen en lugar del planteado por Ferrara, quien hacía que su protagonista fuera asesinado en un ajuste de cuentas tras no poder pagar sus deudas de juego. Terrence, en cambio, vive un final tremendamente idílico, lo cual no tendría por qué ser un problema en sí mismo, siempre que el guión de Finkelstein no estuviera lleno de incongruencias en su tramo final: véase cómo los peligrosos matones que reclaman a Terrence una importante suma de dinero por haberle robado a un cliente de Frankie acuden con incomprensible imprudencia a un tiroteo del que, evidentemente, salen mal parados; cómo el principal sospechoso en el caso de asesinato que investiga Terrence parece no recurrir a sus abogados cuando la policía halla una pista falsa introducida en la escena del crimen, o cómo las deudas de juego de Terrence quedan saldadas cuando gana apostando en un partido de fútbol americano en el que, según hemos visto poco antes (en un ejercicio de despiste al espectador bastante desleal por parte de Herzog), a dos minutos del final el resultado estaba siendo muy desfavorable para Terrence. Como broche a este desafortunado tramo final se situa la secuencia de apenas dos minutos en la que el protagonista recibe tres fugaces visitas de personajes que resuelven verbalmente sus problemas, una secuencia expuesta de manera tan atropellada que se diría que o bien ha sido rodada por un tercero o bien es una broma por parte de Herzog quien, para demostrar su disconformidad con el carácter complaciente del desenlace, rueda la secuencia para que parezca un inserto impuesto por los productores.
'The Bad Lieutenant: Port of Call - New Orleans' - Werner Herzog - 2009 [ficha técnica] ... leer más
Menos afortunado es el desenlace que Herzog / Finkelstein proponen en lugar del planteado por Ferrara, quien hacía que su protagonista fuera asesinado en un ajuste de cuentas tras no poder pagar sus deudas de juego. Terrence, en cambio, vive un final tremendamente idílico, lo cual no tendría por qué ser un problema en sí mismo, siempre que el guión de Finkelstein no estuviera lleno de incongruencias en su tramo final: véase cómo los peligrosos matones que reclaman a Terrence una importante suma de dinero por haberle robado a un cliente de Frankie acuden con incomprensible imprudencia a un tiroteo del que, evidentemente, salen mal parados; cómo el principal sospechoso en el caso de asesinato que investiga Terrence parece no recurrir a sus abogados cuando la policía halla una pista falsa introducida en la escena del crimen, o cómo las deudas de juego de Terrence quedan saldadas cuando gana apostando en un partido de fútbol americano en el que, según hemos visto poco antes (en un ejercicio de despiste al espectador bastante desleal por parte de Herzog), a dos minutos del final el resultado estaba siendo muy desfavorable para Terrence. Como broche a este desafortunado tramo final se situa la secuencia de apenas dos minutos en la que el protagonista recibe tres fugaces visitas de personajes que resuelven verbalmente sus problemas, una secuencia expuesta de manera tan atropellada que se diría que o bien ha sido rodada por un tercero o bien es una broma por parte de Herzog quien, para demostrar su disconformidad con el carácter complaciente del desenlace, rueda la secuencia para que parezca un inserto impuesto por los productores.
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miércoles, 5 de enero de 2011
Balada triste de trompeta
Aparte los guiones de casi todos los largometrajes realizados por Daniel Monzón hasta la fecha (a excepción de su debut El corazón del guerrero), el del film de Almodóvar Carne trémula y algún que otro prescindible telefilm, sitcom y miniserie, la carrera como guionista de Jorge Guerricaechevarría comprendía hasta ahora toda la filmografía de Álex de la Iglesia, incluyendo no sólo la totalidad de sus largometrajes para el cine, también su cortometraje de presentación Mirindas asesinas, todos los episodios de la serie Plutón B.R.B. Nero y el resto de sus trabajos para la pequeña pantalla. Por tanto, Balada triste de trompeta es la primera filmación de Álex de la Iglesia partiendo de un guion propio y escrito en solitario, y la falta de la colaboración de Jorge Guerricaechevarría es algo que, para empezar, se nota en la pobreza del material de partida, al cual hay que reconocerle un par de ideas originales (la del circo como metáfora de los últimos años de historia de un país marcado por la locura, y la de la figuración de dos payasos, Triste y Tonto, como representación de dos bandos eternamente enfrentados por un interés común, ya sea una nación o una mujer, a los que sólo terminará uniendo la muerte) pero termina inflándose innecesariamente mediante una sucesión de hilarantes situaciones y personajes de trazo grueso. Lo peor es que esta carencia se traspasa también al Álex de la Iglesia director quien, a pesar de (o precisamente por) contar con unos recursos envidiables (la cuidada labor del departamento de maquillaje o la sobresaliente partitura de Roque Baños), ofrece como resultado final un festival de excesos visuales que parecen intentar tapar las carencias literarias de fondo. Y así es como el director termina dinamitando, en el peor sentido, la sutileza de las ideas de partida, y como muestra valga la nerviosísima escena climática sobre la cruz del Valle de los Caídos, consistente en una inacabable pelea entre los protagonistas rodada a base de golpes de efecto, planos cortos y grúas tan espectaculares como inútiles. Al menos, eso sí, De la Iglesia se permite un guiño a sí mismo en su labor de fotógrafo de lo más representativo del cielo madrileño: sumemos la cruz del Valle de los Caídos al Edificio Carrión, las Torres Kio o las cuadrigas de Higinio de Basterra en la calle de Alcalá.
'Balada triste de trompeta' - Álex de la Iglesia - 2010 [ficha técnica] ... leer más
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sábado, 25 de diciembre de 2010
Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas
Resulta extraño que los prosélitos del cine de Apichatpong Weerasethakul vieran en la Palma de Oro otorgada a Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas una manera de premiar al director tailandés allí donde su cine se había vuelto más convencional, extraño porque su última película no es precisamente normal: si se la compara con Tropical Malady, el otro largometraje de Weerasethakul estrenado en nuestro país, Uncle Boonmee no tiene, por ejemplo, una enorme grieta en medio del relato que destruye la narración dividiendo la película en dos, de acuerdo, pero eso no significa que el film no sea tanto o más irreverente que todo lo realizado por el director tailandés hasta la fecha. Hay en la película una extraña búsqueda del uso del plano como experiencia límite, como si se tratara de estirar cada toma hasta la exasperación, creando la sensación de que no ha habido un trabajo de selección de imágenes, como si el largometraje fuera una consecución caótica de todas las tomas realizadas: paradójicamente, se consigue con ello un resultado final en el que las costuras del proceso de edición quedan tan expuestas como si Lee Chatametikool, habitual montador de Weerasethakul, hubiera escogido un montaje sincopado, es decir, justo lo contrario. Por otro lado, tampoco hay una linealidad clara en el relato. Puede entenderse, cierto es, una historia con presentación, desarrollo y desenlace, pero no sin atravesar singulares derroteros, como pueden ser el tan bello como extraño (y, por ello mismo, célebre) prólogo con el búfalo en medio de la selva tailandesa; el cuento central, peligrosamente cercano a lo cómico, de la princesa que ofrece sus riquezas a un estanque mágico donde se entrega sexualmente a un ente sobrenatural con forma de pez, o el momento en el que uno de los protagonistas revela su sueño acerca del futuro mientras una sucesión de insólitas fotografías fijas nos muestra a unos jóvenes soldados que parecen divertirse con un hombre disfrazado de mono. En paralelo a todo ello, y aquí está lo más interesante del proyecto, el director nos ofrece un canto a los tiempos pasados que aprueba la comunión con la naturaleza y el concepto panteísta de la existencia (expresado mediante esa sucesión de situaciones en la que se dan la mano lo fantástico y lo cotidiano), y censura los nuevos modos de vida, especialmente en esos minutos finales posteriores a la desaparición del protagonista, donde comienzan las revelaciones más directas de lo que el autor de Uncle Boonmee nos quiere contar. Admitamos que los recursos para hacerlo puedan resultar tediosos, pero es positivo que sigan quedando cineastas en activo dispuestos a buscar nuevas maneras de utilizar el medio cinematográfico, sobre todo cuando no olvidan hacerlo con fines comunicativos, teniendo presente que el cine es, ante todo, un lenguaje.
'Loong Boonmee raleuk chat' - Apichatpong Weerasethakul - 2010 [ficha técnica] ... leer más
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