lunes, 8 de agosto de 2011

Guest

Tras En la ciudad de Sylvia, un film aburguesado en muchos aspectos, tanto por la temática como por unas capacidades de producción a menudo inalcanzables para un director invisible, casi maldito, como José Luis Guerín, el director aparece con un producto que se presenta casi como un testimonio de las anecdotas vividas como consecuencia de su película anterior, con lo que habrá quien vea aquí una oportunidad fácil de vivir de las rentas de aquélla: Guerín se paseó durante dos años por los festivales de todo el mundo con su cinta en una mano, y una pequeña cámara de vídeo digital en la otra, con la cual rodó más de cien horas de material que, reducidas a poco más de dos horas de montaje, terminan siendo otro largometraje tan válido como cualquier otro para demostrar su talento como creador. Como indica el título, el discurso de Guest nace de la aceptación del propio cineasta de su condición de invitado, no sólo de esos festivales de cine (que, de hecho, han desaparecido casi por completo del montaje final) sino de los lugares públicos y privados en los que el director es acogido. Así, lo que se supone que iba a ser un mero mecanismo de defensa de un viajante que utiliza la cámara para combatir su soledad o, a lo sumo, otro ensayo filmado sobre el viejo discurso de la no-ficción (como atestiguan en la pantalla algunos congéneres de Guerín, como Jonas Mekas o Chantal Akerman), termina convirtiéndose en un documental social, donde los invitados terminan siendo los deheredados que reclaman su lugar en el mundo, ofreciendo Guerín (como en En construcción) un trasunto del cine de Pedro Costa de mirada explícitamente universal y positiva. Porque la aptitud optimista del director termina anteponiéndose a los (fotogénicos) grises de su mirada, gracias a su habilidad para hacer convivir los dramáticos testimonios de algunos personajes con otros matices abiertamente cómicos (los predicadores de Chile, los cantantes callejeros de São Paulo, el afeminado personaje de La Habana...)

La principal diferencia de Guest con los anteriores trabajos del cineasta la encontramos, como era de esperar, en que un trabajo con tal cantidad de metraje de partida desemboca en un dinamismo (excepto en ciertos interludios donde la imagen descansa sobre una ventana de hotel, una televisión donde el narrador hace zapping, las páginas de un libro movidas por el viento...) en el que es imposible encontrar ese culto tortuoso que el cineasta profesa por el plano, entendiéndolo como el mejor lugar para experimentar con el lenguaje cinematográfico. Desaparecido el estudio sobre las posibilidades cinemáticas del plano fijo, Guerín nos recuerda que también es un maestro en crear cine justo al contrario, siendo Guest un trabajo que le debe absolutamente todo al montaje: desde el barroquismo más extremo durante ese collage de imágenes mezclado con el audio en off de la narración de apertura de Jennie de Dieterle, hasta esas tomas inmutables donde Guerín se enamora de las mujeres de Cali, Lima o La Habana (en este caso con un gesto de admirable nobleza por parte del realizador, cuando escucha cómo la joven se confiesa admiradora de Leonardo di Caprio y de Titanic), pasando por los trucajes en los que vemos a dos personajes discutir en una plaza pública de Chile... el montaje de Guest transmite al conjunto un tempo narrativo perfecto, al tiempo que va construyendo un discurso a partir de los ecos que el cineasta encuentra en sus viajes, mientras su libro de ideas, al principio en blanco, se va saturando de apuntes y borrones: no sólo los predicadores que hablan de Samaria conducen al director a un lugar desolado cerca de Jerusalén, también la parábola del diluvio cobra protagonismo cuando, de vuelta a Venecia (como no podía ser de otra forma), la lluvia termina, literalmente, inundando la imagen.

Guest - José Luis Guerín - 2010 [ficha técnica]

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