domingo 25 de enero de 2009

Revolutionary Road

Siendo también productor del film, Sam Mendes parece haber intentado en Revolutionary Road recordarnos una y otra vez que la película ha sido orquestada por el director de American Beauty. Pese a que en Camino a la perdición demostró mayores dotes como narrador cinematográfico (sin los pretenciosos a la vez que vacíos ejercicios visuales de su primer largometraje), Mendes sabe que, si se hizo popular por algo, fue por hablar de las crisis del ciudadano de clase media, y no sobre la venganza de un gánster traicionado por su superior (Camino a la perdición) o las contiendas del siglo XXI (Jarhead). Así, en su última película vuelve a mostrarnos las miserias de unos individuos admirados dentro de su comunidad de clase acomodada, pero con grandes problemas existenciales. La gran diferencia está en que la acción en este caso tiene lugar en la sociedad de mediados de siglo, lo que permite a Mendes, con muchísima intención, insertar el apunte de que la única posibilidad de salvación para sus personajes es un viaje a Europa donde podrían empezar de cero y encontrar la auténtica felicidad (algo más aceptable en este film que el chirriante "american" de su primer trabajo, ¿acaso la película nos hablaba sólo del bienestar americano?, ¿es que en otros países estamos por encima de su falsamente idílico modo de vida?).

Por tanto, tenemos de nuevo la crítica al sueño americano visto desde dentro y servida con alguna que otra imagen de belleza rebuscada y con una recurrente pieza para piano de Thomas Newman. Es casi una precuela de American Beauty, tanto porque el contexto de su narración remite a un tiempo anterior, como porque su director parece aquí mucho más inexperto como cineasta. Hay en Revolutionary Road una concepción excesivamente teatral del cine, Mendes se agarra a sus actores y sus diálogos como un clavo ardiendo, hasta el punto de que muchas de las mejores ideas del film las obtiene convirtiendo en personajes lo que sólo son conceptos o hechos abstractos: véase, por ejemplo, cómo la decisión de los protagonistas de viajar a París es vista como una locura por todos sus vecinos, excepto por uno de ellos, el hijo del matrimonio Givings, John (Michael Shannon), un enfermo mental que ha estado internado durante mucho tiempo en un psiquiátrico; éste es recibido con los brazos abiertos por los protagonistas hasta que uno de ellos se arrepiente de su decisión y termina enfrentándose con violencia a John en uno de los momentos climáticos del relato.

Y es que, pese a parecer un vehículo para lucimiento de Leonardo DiCaprio y Kate Winslet (quienes, dicho sea de paso, dibujan dos interpretaciones "perfectas", de esas en las que no podemos ver a los personajes por la marcada presencia de los actores que los interpretan), Revolutionary Road termina encontrando más significativos a sus secundarios, no tanto por su relación con los protagonistas sino por su manera de vivir sus propios dramas. Por ejemplo, el cabeza de los Campbell (David Harbour) que finge tolerar a una mujer a la que no ama de verdad, o sentir aprecio por unos hijos que no le escuchan. O el anciano Howard Givings (Richard Easton), protagonista del último plano del film, de una gran fuerza por ser casi el único de todo el metraje en el que Mendes no necesita de los diálogos para transmitirnos lo que nos está contando.

'Revolutionary Road' - Sam Mendes - 2008 [ficha técnica]

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